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10 de Mayo, 2009 · General

LA DIOSA

LA DIOSA


Como hemos visto, la crítica histórica moderna ha ofrecido en cuanto a los orígenes del cristianismo un gran número de nuevos descubrimientos que deberían incitar a pensar. Y sin embargo, aumenta cada vez más el abismo entre lo que saben de la religión los eruditos bíblicos y el grado general de información entre cristianos. Burton L. Mack, profesor de estudios neotestamentarios en la Facultad de Teología de Claremont, California, lamentaba recientemente «la espantosa carencia de conocimientos básicos sobre la formación del Nuevo Testamento entre los cristianos corrientes».1


No fue sino en el siglo XIX cuando principió el análisis del Nuevo Testamento dando lugar a las escuelas críticas que hoy conocemos; esa misma circunstancia refleja el temor reverencial, casi supersticioso, hacia esos textos que durante siglos estuvo prohibido no ya poner en duda, sino ni siquiera leer. Únicamente los clérigos podían conocer las Escrituras, aparte ser casi los únicos que sabían leer y escribir. La aparición del protestantismo superó parcialmente tal exclusión y pudieron acceder más personas a la lectura de aquellos textos que tenían por sagrados.

 

Sin embargo el movimiento protestante en todas sus formas rigurosas — desde los puritanos de antaño hasta lo que hoy llamamos fundamentalismo— hace mucho hincapié en que las palabras del Nuevo Testamento son de inspiración divina, motivo por el cual prohíbe hasta la mera sugerencia de que pudieran no ser la verdad literal. Entre los unos y los otros, a estas fechas millones de cristianos ignoran lo evidente, que el Nuevo Testamento es una mezcla de leyenda, falsificación, testimonios confusos de testigos presenciales y materiales tomados de otras tradiciones. Pero al negar esa evidencia no sólo se equivocan sino que defienden frente a la crítica un sistema cada vez más frágil.


Cuando los estudiosos del siglo XIX empezaron a aplicar los mismos criterios que rutinariamente se utilizaban para el análisis de otros textos históricos, se produjeron consecuencias sumamente reveladoras. Una de las primeras tendencias que aparecieron fue la de negar que Jesús hubiese existido en realidad, entendiendo que los evangelios consistían simplemente en una recopilación de materiales mitológicos y metafóricos. Hoy día pocos especialistas mantienen dicha postura, aunque ello no quita que todavía tenga sus partidarios. Los argumentos en favor de la historicidad de Jesús son bastante fuertes, pero todavía resulta instructivo considerar el razonamiento de quienes postularon lo contrario, y que Jesús fue una figura inventada por los primeros cristianos.


Los de esa opinión dicen que fuera de los propios evangelios ninguna prueba independiente corrobora la existencia de Jesús. (Hecho que suele sorprender a muchos cristianos, convencidos de que un personaje tan central para el mundo de ellos debió de ser también famoso en su época; pero en realidad no se le cita ningún texto contemporáneo.) Los demás libros del Nuevo Testamente, por ejemplo las cartas de Pablo, dan por supuesta la existencia de Jesús pero no contienen ninguna prueba consistente.

 

En efecto, las epístolas de Pablo, que son los documentos cristianos más antiguos que se conocen, no dan ningún detalle biográfico de Jesús aparte el hecho de la Crucifixión: ni una palabra sobre sus progenitores, su nacimiento ni las demás circunstancias de su vida. Ocurre que a Pablo, lo mismo que a los demás autores neotestamentarios, les importaba por encima de todo la teología. Cuando se ponen a escribir no se proponen tanto una biografía del fundador como preservar el movimiento de Jesús y explicar sus enseñanzas.


Esta ausencia de menciones contemporáneas acerca de Jesús preocupó a muchos historiadores del siglo XIX. Como hemos dicho, no le menciona ningún cronista del siglo I, y tal como ha escrito Bamber Gascoigne,

    «de lo que se escribiese durante los primeros cincuenta años de lo que hoy llamamos la era cristiana, ni una sola palabra acerca de Cristo o de sus seguidores ha llegado hasta nosotros».2

El historiador romano Tácito (en sus Anales, h. 115 d.C.) menciona el crecimiento de la cristiandad —a la que llama «superstición peligrosa»— tanto en Jerusalén como en Roma, y se refiere de pasada a la ejecución del fundador, aunque sin dar detalles y aludiéndole simplemente por el título de «Cristo».3


En su Vidas de los Césares (hacia 120 d.C.), Suetonio recuerda una agitación del año 49 entre los judíos de Roma, instigada por un tal «Chrestus». Esto se cita con frecuencia como prueba de que hubo muy pronto una sucursal romana del
cristianismo, pero no lo demuestra concluyentemente. En la época hubo entre los judíos muchos sedicentes mesías, todos los cuales podían denominarse «Cristos» hablando en griego; Suetonio se expresa como si el individuo mencionado por él hubiese predicado la rebelión a los judíos de Roma, en la época, de manera activa y personal.4


Otro notable romano que se ocupó de los cristianos en los primeros años del siglo I fue Plinio el Joven, pero no proporciona ninguna información acerca de ellos más allá de decir que su movimiento fue fundado por «Cristo». Hay un detalle interesante en esa cita, sin embargo, y es la indicación de que ese tal Cristo estaba ya considerado como un dios.5


Ésos fueron autores romanos, y puesto que Palestina era, como si dijéramos, uno de los patios traseros de su Imperio, no es de extrañar que apenas hicieran ningún caso de Jesús ni de los primeros tiempos de la Iglesia cristiana.

 

(Además en aquel entonces no era costumbre dar publicidad a los rebeldes y a los delincuentes como hacemos nosotros en nuestra incesante búsqueda de famosos. Ni siquiera la rebelión del ex esclavo Espartaco mereció mucho espacio en las crónicas.)

 

Sin embargo cabría imaginar que se hallase alguna mención sobre la vida y ministerio de Jesús en las obras de Flavio Josefo (38-100 aprox.), un judío que durante la insurrección de sus compatriotas se pasó al bando contrario y escribió dos libros historiando los acontecimientos del período.

 

En sus Antigüedades judías (escrito hacia 93 d.C.) menciona, en efecto, a algunos personajes de los que conocemos por el relato evangélico, por ejemplo a Juan el Bautista y Poncio Pilato. Hay una alusión a Jesús, pero por desgracia se demostró hace tiempo que ésta era una interpolación añadida a la obra de Josefo por un autor cristiano muy posterior, probablemente del siglo IV... y con la obvia intención de remediar la molesta omisión.6

 

Sucede que el comentario añadido sobre Jesús es demasiado encomiástico, a tal punto que los comentaristas se han preguntado cómo es que Josefo no se hizo cristiano, si era tan ferviente partidario de aquél. Aunque la verdadera cuestión es otra: si el añadido venía a suplir una mención que nunca existió, o si sustituía a un comentario existente pero bastante menos halagador para Jesús y su movimiento. Hoy no podemos saberlo, aunque el peso de la prueba favorece la idea de que fue un invento de principio a fin; el pasaje ni siquiera tiene el estilo de Josefo y además queda inoportuno en la narración.

 

También es curioso que Orígenes, un autor cristiano de finales del siglo III, ignorase esa alusión a Jesús en la obra de Josefo.7 (Aunque sí la tiene en cuenta y la cita Eusebio, que escribió en el siglo siguiente.) En cambio, lo que dice Josefo sobre la predicación de Juan Bautista y su ejecución ordenada por Herodes Antipas no se discute.8


Por supuesto la ausencia de comentarios contemporáneos acerca de Jesús fuera de los evangelios no significa que él no hubiese existido. Tal vez deberíamos entender que no tuvo resonancia suficiente en su época y circunstancia. Al fin y al cabo, hubo por aquel entonces otros muchos mesías a quienes nadie salvo algunos especialistas recuerda.


Subsiste además un problema: si el personaje no existió, ¿qué motivos tendrían para inventarlo, y por qué lo creyeron tantas personas como para asegurar la rápida propagación de esa nueva religión? Como ha señalado Geoffrey Ashe, el concepto de personaje novelesco que hoy día tenemos tan asumido, porque forma parte de nuestra cultura, no era familiar para los autores de la Antigüedad.9 Incluso cuando escribían lo que era, en esencia una novela, siempre la basaban en un personaje real, como sucedió con Alejandro Magno. Esa razón es suficiente para considerar muy improbable que Jesús haya sido una figura totalmente inventada... y si lo que pasaba era que existía mucha demanda cultural o espiritual de un «Dios que muere», tenían muchos para escoger, como ya hemos comentado. No hacía falta imaginar otro más.


También importa tener en cuenta que los evangelistas situaron a Jesús en un contexto de personajes históricos de probada existencia, como Juan el Bautista y Poncio Pilato. Es también un argumento a favor de su realidad, y además, ni uno solo de los primeros adversarios que tuvo el cristianismo primitivo puso en duda la existencia de su fundador, como no habrían dejado de hacer si la cuestión hubiese sido discutible.


Por otra parte, el retrato que tenemos de Jesús a través de aquéllos indica que fue un hombre que existió. Ningún autor se habría tomado la molestia de crear un mesías ficticio y pintarlo al mismo tiempo tan ambiguo, tan reticente en cuanto a su misión, ni habría introducido tantas frases y alusiones ininteligibles en las supuestas enseñanzas. La ambigüedad, las contradicciones obvias, los giros a veces incomprensibles, dan a entender que los evangelios recogen, aunque tal vez con un cierto desorden, los hechos y dichos de un personaje históricamente real.


Algunos escépticos han tomado la ausencia de detalles biográficos acerca de Jesús en las cartas de Pablo como prueba de que Cristo no existió. Sin embargo nadie ha dicho que el mismo Pablo fuese un personaje inventado, y desde luego conoció a gentes que habían tratado personalmente con Jesús. Por ejemplo, no sólo conoció a Pedro sino que se peleó con él (y ese comportamiento nada correcto es la mejor prueba de que existieron de verdad, un autor de la época no habría sacado con tantos defectos a sus héroes). Parece probable, pues, que Jesús existió, aunque desde luego eso no implica forzosamente que sea la pura verdad todo lo que dicen los evangelios.


Los eruditos de finales del siglo XIX tenían otro motivo para dudar de la existencia de Jesús. Conforme aumentaban los conocimientos históricos y el Nuevo Testamento iba siendo sometido a análisis crítico, llamaban la atención los sorprendentes paralelismos entre el Jesús de dichos relatos y otros personajes mitológicos famosos, en particular los antiguos dioses que morían y resucitaban en el Próximo Oriente, y cuyos cultos mistéricos, si bien florecieron más o menos al mismo tiempo que el cristianismo, eran bastante anteriores a éste.


Uno de los más eruditos y persuasivos exponentes de este argumento ha sido J. M. Robertson en su Pagan Christs, publicado en 1903. En el prólogo a una reciente edición abreviada, Hector Hawton resume la postura en forma de interrogante:

    [...] nadie ha pretendido en serio que Adonis, Attis y Osiris fuesen personajes históricos [...] ¿por qué se hace una excepción, entonces, con el supuesto fundador del cristianismo?10

Estos paralelismos se relacionan con el cristianismo por dos vías. La primera, el relato de acontecimientos de la vida de Jesús como su muerte y Resurrección, o la institución de la eucaristía en la Última Cena; la segunda, el significado que atribuyeron a esos mismos hechos los primeros cristianos. Un cuadro comparativo de los puntos principales de semejanza que exponen Robertson y otros notables comentaristas destaca que muchos de los pasajes más sagrados de la peripecia de Jesús son idénticos a los de otras religiones antiguas.

 

Dice Robertson:

    Lo mismo que Cristo, y como Adonis y Attis, también Osiris y Dioniso sufren y resucitan. Llegar a hacerse unos con ellos es la pasión mística de sus adoradores. Todos se asemejan en el sentido de que sus misterios confieren la inmortalidad. Del mitraísmo toma Cristo las llaves simbólicas del cielo, y asume la función del Saoshayant, el nacido de una virgen y destructor del Malvado [...].11

     

    En lo fundamental, por tanto, el cristianismo no es más que un paganismo reformado.12 El mito cristiano prosperó absorbiendo detalles de los cultos paganos como la imagen del niño-dios en el culto de Dioniso, lo representan en pañales, puesto en un pesebre. Nació en un establo como Horus en el templo-establo de la diosa virgen Isis, reina de los cielos.


    Nuevamente como Dioniso, convierte el agua en vino; como Esculapio, resucita a los muertos y devueIve la vista a los ciegos; como Attis y Adonis, es llorado y celebrado por mujeres. Su resurrección, como la de Mitra, se produce a partir de una sepultura excavada en la piedra [...].13 [la cursiva es nuestra] No hay una sola concepción asociada a Cristo que no fuese común a algunos o a todos los Salvadores de los cultos antiguos.14

Si juzgamos asombroso que las cuestiones planteadas por Robertson y otros tuviesen tan poca repercusión en su época, todavía lo es más que sigan siendo en gran parte desconocidas hoy día. Una opinión más reciente sobre el asunto es la de Burnton L. Mack, quien escribía en 1994:

    Los estudios han demostrado, uno tras otro, que el cristianismo no era una religión única, sino que estuvo «influido» por los cultos de la Antigüedad tardía [...] era inquietante el descubrimiento de que el primitivo cristianismo presentase un notable parecido con los cultos mistéricos del helenismo, sobre todo en los puntos que más importaban, a saber, seis mitos de dioses que mueren y resucitan, y los rituales del bautismo y el ágape sagrado.15

Hugh Schonfield dice en The Passover Plot:

    A los cristianos siguen inquietándoles las contradicciones en la doctrina de la Iglesia procedentes del desacertado empeño por conciliar ideales paganos y, judíos que eran incompatibles.16

Robertson y otros juzgaron que no podía achacarse a la casualidad que tantos elementos de estos cultos a los dioses que mueren volviesen a presentarse en el relato de la vida de Jesús. De ahí su conclusión de que los evangelistas habían tomado los elementos clave de otros avatares como Osiris, Attis y los demás, para atribuírselos a un héroe «oriundo», Jesús... que nunca existió.

 

En época reciente, dicha idea ha sido renovada por Ahmed Osman en House of the Messiah, cuando expone la teoría de que los relatos evangélicos se limitaron a recoger una representación mistérica que se celebraba desde muchos siglos antes en el Antiguo Egipto. Como sus predecesores, Osman funda la argumentación en los chocantes paralelismos entre el mito de Jesús y los de la religión de los antiguos egipcios, y pone en duda la existencia histórica de Jesús.17


Pero ¿qué interés tendría nadie en robar los autos sacramentales de una tradición ajena e introducirles algunos protagonistas reales, como Juan el Bautista? Osman cree que el relato de los evangelios fue una invención de los seguidores de Juan el Bautista. Según esa tesis, inventaron a Jesús para que se realizasen las profecías de su maestro en cuanto al que iba a venir después de él, y en vista de que la venida anunciada brillaba por su ausencia.

 

Pero esto es iniplausible por varias razones: no es de creer que los seguidores de Juan quisieran fabricar una historia en la que su amado maestro quedase relegado a un lugar tan marginal, es decir, reducido a preparar el escenario para la glorificación de otro. Y como luego veremos, tampoco está demostrado que Juan hiciese nunca esa famosa profecía de que después de él iba a venir otro más grande.


Según Osman, nadie pudo saber que Jesús venía con la misión de Redentor antes de que él muriese, así que no debió de tener un seguimiento muy numeroso en vida. Con esto es evidente que Osman cree que los judíos esperaban a un Mesías predestinado a morir por ellos. Pero no es así, sencillamente. Los judíos nunca creyeron que su rey y héroe iba a ser sacrificado o humillado como luego resultó, y además toda esa idea de la muerte redentora es una interpretación cristiana posterior.


Pocos estudiosos actuales, como decíamos, dudan de la existencia de Jesús, pero crean en ella o no casi todos tienen sus dificultades con las evidentes semejanzas entre las escuelas mistéricas y ciertas referencias de los evangelios. Ante la imposibilidad de conciliarlas con el material más manifiestamente judío, tienden a rechazar las alusiones paganas. Dicen que son añadidos de la época en que los primeros cristianos entraron en contacto con el mundo pagano, especialmente como resultado de los viajes de Pablo. La opinión más común es que la Iglesia de Jerusalén, dirigida por Santiago el Justo, el hermano de Jesús, permaneció más fiel a la forma «pura» y originaria del cristianismo.

 

Por desgracia y debido a un capricho de la Historia, la Iglesia de Santiago fue exterminada durante la insurrección de los judíos. Sobre cuáles fueron sus creencias, apenas si podemos aventurar algunas especulaciones. Sabemos, sin embargo, que no dejaron de frecuentar la sinagoga, conque sería razonable suponer que sus creencias seguían basadas en las prácticas del judaísmo. Pero después de la caída de la Iglesia de Jerusalén todo quedó a favor de los de Pablo. A primera vista tenemos así una solución elegante al problema de por qué sobrevive tanto material de las escuelas mistéricas en los evangelios que conocemos.


Podría darse otra explicación, sin embargo, volviendo del revés el argumento. ¿Qué pasaría si el cristianismo según Pablo hubiese sido el más fiel a las enseñanzas de Jesús, y la Iglesia de Jerusalén quien las interpretó equivocadamente? Los hermanos no siempre se entienden bien, y sabemos que había una notable frialdad entre Jesús y su familia. Por tanto, no hay razón para suponer que el cristianismo de Santiago estuviese más próximo a las enseñanzas originarias de Jesús que el de Pablo.


Las opiniones admitidas sobre la evolución del primitivo cristianismo no explican por qué Pablo, que era judío, consideró necesario predicar una forma paganizada de la incipiente religión. Su famosa conversión en el camino de Damasco debió de suceder probablemente dentro de los cinco años posteriores a la Crucifixión, como más tarde. Y él, que había sido gran perseguidor de cristianos, sin duda tenía una idea bastante exacta de las razones por las cuales los perseguía.


Nuestros descubrimientos sobre la identidad de la Magdalena como iniciadora de una escuela mistérica conllevan la implicación de que Jesús también era un iniciado: tal vez le inició ella misma. Pero ¿cómo pudo estar tan metido en un culto pagano, si todo el mundo sabe que era judío?


Pero ya hemos descubierto que no hay que dar nada por supuesto en esta historia. Nos pareció que merecería la pena una puesta en duda radical de las preconcepciones sobre los orígenes religiosos de Jesús. Como dice con ironía Morton Smith en su Jesus the Magician (que en seguida pasaremos a comentar con más detalle):

    Claro que Jesús era judío, lo mismo que todos sus discípulos... es de suponer. La suposición no es cierta.18

Para empezar conviene que nos preguntemos cómo «sabemos» todas esas cosas acerca de Jesús. La visión académica establecida en cuanto a Jesús que discutíamos antes se funda en dos suposiciones que tratan de dilucidar la evidente contradicción entre los elementos judíos de su peripecia y los paganos.


La primera es que Jesús era judío, aunque todavía nos falte discutir a qué secta pertenecía. La segunda, como decíamos, que los aspectos manifiestamente paganos y mistéricos de los relatos evangélicos son resultado de elucubraciones añadidas luego. El argumento reza que conforme la cristiandad fue extendiéndose entre las comunidades no judías del Imperio romano, algunos iban advirtiendo esas afinidades con los misterios y poco a poco fueron desarrollando el tema, sobre todo por cuanto les resultaba útil para explicar el escandaloso fracaso de Jesús en lo de cumplir como Mesías de los judíos.


Fue una gran sorpresa para nosotros el darnos cuenta de que éstas eran unas hipótesis nada más, no unos hechos demostrados. Ni la primera ni la segunda proposición se fundan en pruebas de la calidad que suelen exigir normalmente los historiadores. No hay nada que demuestre que los elementos paganos fuesen introducidos por Pablo. Aunque pudo ser alguno de sus compañeros de misión, naturalmente; al fin y al cabo la difusión del cristianismo no sería mérito exclusivo de Pablo, pese al éxito que ha tenido con su auto-propaganda. Cuando llegó a Roma, por ejemplo, se enteró de que ya había cristianos allí.


Se diría que incluso en nuestro escéptico siglo XX la aceptación tácita del relato cristiano se halla tan arraigada, que ni siquiera el espíritu crítico que teníamos por patrimonio de los académicos les sirve para darse cuenta de sus propias preconcepciones. Por ejemplo A. N. Wilson, comentarista por lo general agudo y analítico, escribió estas dos frases seguidas sin darse cuenta, como es obvio, de que la una contradice a la otra:

    [...] antes de empezar [a tratar de responder a los interrogantes sobre el Jesús histórico] es necesario vaciar la mente y no dar nada por supuesto. El centro de las enseñanzas de Jesús fue su fe en Dios, y su fe en el judaísmo.19

Nosotros decidimos poner en tela de juicio esos supuestos precisamente, a ver qué pasaba.


La versión habitual en cuanto a la formación del cristianismo primitivo descansa en la premisa básica de que Jesús era de la religión judaica; esto implica que los demás aspectos de los relatos evangélicos, que habrían llamado la atención de cualquiera, quedaban automáticamente descartados. Decidimos examinar con más detenimiento el supuesto judaísmo de Jesús —lo cual implica, obviamente, un trasfondo étnico y otro religioso— y la duda no tardó en saltar.

 

(No es imposible que fuese étnicamente judío pero no de religión judaica; a los fines de la presente discusión, en adelante cuando digamos «judío» refiriéndonos a Jesús se entenderá que nos referimos a la religión, salvo mención en contrario.)


Por supuesto mientras nos disponíamos a considerar este punto de vista no dejó de palpitarnos un poco el corazón. Al fin y al cabo, nos disponíamos a tomar las armas frente a más de un siglo de estudios eruditos del Nuevo Testamento. Con no poco alivio, por tanto, nos enteramos de que la tendencia más reciente de dichos estudios consiste en plantearse, justamente, esa misma pregunta: ¿Fue Jesús realmente un judío?


El primer trabajo en este sentido que llegó a conocimiento del público en general fue The Lost Gospel, de Burton L. Mack (1994), aunque desde los años ochenta otros estudiosos venían publicando los resultados de sus investigaciones de similar orientación en las revistas profesionales.


Mack se planteó el problema desde el punto de vista de las enseñanzas de Jesús, en vez de fijarse en los acontecimientos biográficos. Su argumentación se basa en la perdida fuente de los Sinópticos o lo que se llama la Q entre especialistas (del alemán Quelle, que significa «fuente»), en la medida en que pueda reconstruirse por comparación entre dichos Evangelios. Su conclusión fue que las enseñanzas de Jesús no derivaban del judaísmo, sino que se hallan más emparentadas con los conceptos, e incluso con el estilo de ciertas escuelas filosóficas griegas, en particular la cínica.


La hipótesis de Q consiste en postular que era una recopilación de palabras y enseñanzas de Jesús, dentro del género contemporáneo que se llama «literatura sapiencial», del que hay otros ejemplos en las escrituras hebreas antiguas. Pero que no es, en modo alguno, exclusivo de la religión o la cultura judaicas. Fue también muy popular en el mundo helenístico, en el Próximo Oriente y en el antiguo Egipto. Una autoridad reconocida como Kloppenborg ha postulado que la Q seguía con bastante fidelidad el modelo de los «manuales de instrucción» helenísticos. Difiere de ellos por la inclusión de material profético y apocalíptico, pero Mack cree que la Q originaria estaba formada exclusivamente por «enseñanzas sapienciales» y que lo demás son adiciones posteriores.


Mack y los demás eruditos que trabajan en esa línea basan sus conclusiones en las enseñanzas y las parábolas de Jesús. No obstante, rechazan los eventos tal como se narran en los evangelios desde el momento que no corresponden a las tradiciones de los judíos ni a las de los cínicos, y postulan que el tema del dios que muere y resucita y otros de las escuelas mistéricas son invenciones posteriores de los primeros cristianos.20


Nosotros nos planteamos las preguntas siguientes: ¿Hay indicios que demuestren que Jesús no era judío? Y en sentido contrario, ¿hay algo que pruebe concluyentemente que sí lo era? Los elementos que parecen de las escuelas mistéricas, ¿facilitan o dificultan la explicación?


Forzoso es admitir que el ministerio de Jesús aconteció en un contexto judío, la Judea del siglo I, y que la mayoría de sus seguidores lo eran. Sus discípulos inmediatos y los autores de los Evangelios le creyeron judío, según todas las apariencias. Sin embargo, se nota asimismo que lo consideraban no poco enigmático —por ejemplo, no estaban muy seguros de que fuese el Mesías— y es evidente que los evangelistas hicieron un esfuerzo tremendo por conciliar los elementos contradictorios de su vida y enseñanzas. En ocasiones dan la impresión de no saber muy bien cómo tratarlo.
 

A primera vista se diría que podemos creer de buena fe que sí era judío. Hablaba a menudo de personajes religiosos del Antiguo Testamento, como Abraham y Moisés, y debatía con los fariseos sobre puntos de la ley judía: si no era judío no se ve por qué iban a interesarle tan obsesivamente tales cuestiones.


Pero muchos estudiosos creen que esos pasajes probablemente figuran entre las citas menos auténticas de las palabras de Jesús. Los añadieron más tarde porque los Apóstoles sí se vieron en el caso de tener que debatir puntos de la ley judía e inventaban una justificación retrospectiva de sus posturas atribuyéndoselas al mismo Jesús. La prueba de ello es que los antagonistas en las discusiones del Nuevo Testamento son generalmente los fariseos, y en tiempos de Jesús éstos no tenían ninguna función destacada ni autoridad, especialmente en Galilea. Eso cambió más tarde, y para la época en que fueron escritos los evangelios, aquéllos estaban cobrando mucha influencia.21

 

Como dice Morton Smith:

    Se puede demostrar que prácticamente todas las alusiones evangélicas a los fariseos proceden de los años setenta, ochenta y noventa, que fue cuando se compilaron esos textos.22

Para entender los auténticos orígenes de Jesús es forzoso situarle en el contexto de su época y lugares donde vivió. Aunque todavía no está zanjada la discusión acerca de dónde nació y transcurrió su juventud, como luego comentaremos, al menos los evangelios coinciden en que inició su misión partiendo de Galilea. Pero no es probable que fuese oriundo de allí. Los evangelios mencionan el marcado acento galileo de sus discípulos —del que se burlaban los judíos por juzgarlo habla de rústicos—, pero es de notar que eso nunca se dice del mismo Jesús.23


Así pues, ¿qué sabemos de la Galilea de la época de Jesús? Mack resume en pocas palabras el criterio académico actual sobre aquel lugar y época:

    En el imaginario cristiano Galilea pertenecía a Palestina; la religión de Palestina era el judaísmo, luego todos en Galilea eran judíos. Pero como esa imagen es errónea [...] conviene que el lector la reemplace por otra más fiel a la realidad.24

Cuando pensamos en el judaísmo de los tiempos de Jesús fundándonos en la imagen que dan los evangelios, conviene saber que ése era el judaísmo del Templo, el de Judea, cuyo culto se centraba en el Templo de Jerusalén. Lo establecieron los judíos después de su traumático cautiverio en Babilonia y se hallaba en estado de permanente evolución. Pero no todos los judíos salieron exiliados, y su versión del judaísmo evolucionó aparte llegando a ser bastante distinta de la que trajeron los ex cautivos a su regreso. La religión de los no exiliados se practicaba sobre todo en Samaria y Galilea, al Norte, y en Idumea, al sur de Judea.


En cuanto a Galilea, no cabe decir en modo alguno que fuese un vergel de ferviente judaísmo. En realidad sólo había pertenecido al reino de Israel por un breve período, bastantes siglos antes de Jesús, pero luego cayó bajo el influjo de muchas culturas diferentes. Por algo le llamaban a Galilea «el país de los gentiles».25 Era incluso más cosmopolita que Samaria, región situada entre Judea y Galilea. Como ha escrito Mack, «sería erróneo dar a entender que Galilea se hubiese convertido súbitamente a la lealtad y a la cultura judías».26


Con su clima benigno propicio a la agricultura y la lucrativa pesca del llamado mar de Galilea (o lago Tiberíades), era una región rica y fértil. Tenía importantes relaciones comerciales con las demás culturas del mundo helenístico, y una posición favorable en la red de rutas comerciales al resto de Siria, a Babilonia y a Egipto. Era residencia de pueblos procedentes de muchos países y culturas, e incluso recibía visitas frecuentes de tribus beduinas. Como ha señalado Morton Smith, las influencias religiosas principales en la región eran entonces «la nativa, la palestina, y los paganismos semítico, griego, persa, fenicio y egipcio».27


Los galileos eran famosos por su feroz sentido de la independencia, pero como dice Mack, «no tenían una gran capital, ni un templo, ni una jerarquía sacerdotal».28 Vale la pena observar que la sinagoga más antigua que se conoce en Galilea data del siglo III de la era cristiana.29


La región quedó anexionada a Israel el 100 a.C. y poco después, en 63 a.C., los romanos conquistaron toda Palestina e hicieron de ella una provincia de su imperio. En la época del nacimiento de Jesús todo Israel estaba regido por un monarca títere de los romanos, Herodes el Grande —que fue en realidad un idumeo politeísta—, pero cuando aquél emprendió su vida pública el país había quedado dividido entre los tres hijos de Herodes. En Galilea reinaba Herodes Antipas, mientras que Judea (tras el retiro forzoso de Arquelao, hermano de aquél, a las fincas de la familia Herodes en el sur de la actual Francia) quedó directamente bajo la administración romana ejercida por un gobernador, Poncio Pilato.


Decimos, pues, que Galilea en tiempos de Jesús era una región cosmopolita y rica, no un rincón aldeano como quiere la imaginación popular. Ni siquiera formaban mayoría los judíos, y las autoridades de Jerusalén no serían allí más apreciadas que los romanos, dueños verdaderos de todo el país.


Tan pronto como hemos llegado a entender que Galilea era muy diferente de la imagen tradicional del lugar donde Jesús comenzó su ministerio, se plantea la cuestión de cuáles fueron los designios y los motivos auténticos de éste. Si Galilea era realmente una cultura próspera, sin excesivo fanatismo antirromano y projudío, ¿es de creer que Jesús intentaba levantar a la población contra los romanos, como sugieren algunos comentaristas modernos? Por otra parte, ¿era Galilea el mejor lugar para iniciar algún tipo de campaña reformadora del judaísmo, como postulan otros?
 

Aunque desde luego vivían en Galilea muchos judíos, también coexistían otras muchas religiones en un ambiente de envidiable tolerancia. Incluso florecieron allí formas «heréticas» del judaísmo, y por eso resulta todavía más implausible que aquélla fuese un suelo prometedor donde sembrar movimientos reformadores de ningún género. En una región donde, según todas las apariencias, se consentía prácticamente cualquier religión, es probable que cualquier intento de redefinir la ortodoxia del judaísmo hubiese caído en suelo bastante estéril. Y aún tendría menos sentido que Jesús trasladase la misión iniciada allí buscando la culminación en Jerusalén.


Como dice Schonfield en The Passover Plot:

    [...] los judíos consideraban el norte de Palestina como la patria natural de la herejía [...] no sabemos demasiado acerca de la antigua religión de los israelitas, pero debió de absorber mucho de los cultos de sirios y fenicios, que no fueron tan completamente erradicados por la reforma de Ezra y sucesores como en el sur.30

Otro de los territorios del norte que iba a evidenciarse importante para Jesús era Samaria, célebre por la anécdota del buen samaritano. Tras haber escuchado innumerables sermones sobre el tema, los que van a la iglesia han acabado por entender que los samaritanos eran aborrecidos de los demás judíos, y que el caso del buen samaritano que se desvió de su camino para ayudar a la víctima de unos bandoleros es el ejemplo perfecto de la necesidad de reconocerle a cualquier prójimo la capacidad para obrar el bien.


Pero hay otro motivo para prestar atención a Samaria en el contexto de esta investigación. Los samaritanos tenían su propia expectativa de la inminente venida de un Mesías, a quien ellos llamaban el Ta’eb, y que difería bastante de la versión judaica. En el Evangelio de Juan (4, 6-10) leemos que Jesús tuvo un encuentro con una samaritana y que ésta reconoció en él al Mesías. Es de suponer que se referiría al Ta’eb, lo cual sugiere que el judaísmo de aquél era, por decirlo de alguna manera, poco ortodoxo. A lo mejor Jesús concibió la parábola del buen samaritano en agradecimiento al apoyo recibido de ellos.


Otro concepto erróneo sobre los orígenes de Jesús es la idea de que era «Jesús de Nazaret», es decir oriundo de la ciudad de ese nombre, que existe en el moderno estado de Israel. En realidad, no nos consta que existiese antiguamente en el siglo III. Para ser exactos sería preciso decir el nazareo, con lo cual se identificaría a Jesús como miembro de una de las diversas sectas que usaron colectivamente ese nombre... aunque no fundó ninguna de ellas, y eso también es significativo.

 

De este grupo de sectas llamadas de los nazareos sabemos muy poco, aunque la denominación que eligieron es reveladora en sí misma, ya que se cree que deriva del hebreo Notsrim con el significado de «los Custodios o los Conservadores... los que mantenían la enseñanza y la tradición verdaderas, o guardaban determinados secretos que no participaban a nadie ...»31


Esa circunstancia va contra una de las doctrinas básicas del cristianismo: que la religión es para todos y no tiene secretos. En donde se perfilaba como polo opuesto de las escuelas mistéricas, que ofrecen diversos grados de conocimiento o
iluminación a los adeptos que van escalando los peldaños cada vez más empinados de la iniciación. En estos cultos el conocimiento sólo se da a quien lo merece, y no se le ofrece al pupilo la revelación hasta que sus maestros le consideran espiritualmente preparado. Ésa era una noción muy común en tiempos de Jesús: las escuelas mistéricas de Grecia, Roma, Babilonia y Egipto utilizaban habitualmente esa enseñanza estructurada, y guardaban celosamente sus secretos.

 

En nuestros tiempos ese método de las escuelas mistéricas lo utilizan muchas religiones y muchos sistemas filosóficos orientales, por ejemplo el budismo zen, y también ciertos grupos como los francmasones y templarios. De esa noción de iniciación proviene precisamente el nombre de ocultismo, que como hemos visto significa únicamente el conocimiento de lo oculto: los misterios se guardan en secreto hasta que se haya cumplido la hora y el discípulo esté preparado. Si las enseñanzas de Jesús no fueron dirigidas a las masas, entonces eran de índole elitista y jerarquizadas... ocultas, por tanto. Y como hemos visto al reconsiderar la verdadera situación de María Magdalena, son demasiadas las semejanzas entre las escuelas mistéricas y el movimiento de Jesús como para no hacer caso de ellas.


Hay otras muchas concepciones equivocadas acerca de Jesús. Por ejemplo la historia de la Navidad es un cuento de hadas en su mayor parte, y corresponde situarlo al lado de los mitos de natividad de otros dioses que mueren y resucitan. Pero es que incluso resulta dudoso que Jesús naciese en Belén. O mejor dicho, el Evangelio de Juan (7, 42) declara expresamente que no fue allí.


Mientras la mayoría de los elementos de la natividad derivan claramente de esos mitos de los dioses que mueren y resucitan, la visita de los Sabios de Oriente se basa en un relato contemporáneo de la vida del emperador Nerón.32 A veces se ha llamado a estos personajes los Magos, que es el nombre de determinada escuela sacerdotal de la tradición persa. Practicaban efectivamente sortilegios y hechicerías, y se hace muy extraño pensar que tres visitantes comparables a otros tantos Aleister Crowley visitasen al niño Jesús para ofrecerle sus regalos y que ello no suscite una palabra de crítica o de censura por parte de los evangelistas.

 

Si es de creer la afirmación de que iban siguiendo una estrella que los llevó a Belén, serían además astrólogos (en la época, la astronomía no era una ciencia separada). Está claro que se intenta impresionarnos diciendo que los hechiceros ofrecieron a Jesús oro, incienso y mirra. (Pero ya hemos visto que Leonardo en la Adoración de los magos suprimió el oro, símbolo de realeza y de perfección.)


También hemos mencionado que se califica a Jesús de naggar, con el significado de carpintero o de hombre de letras y conocedor de las Escrituras. En su caso, más plausiblemente lo segundo. Ni tampoco es probable que los primeros discípulos de Jesús fuesen los humildes pescadores de la leyenda. Según A. N. Wilson eran en realidad propietarios de una explotación pesquera a orillas del Tiberíades.33 (Aparte de que, como ha señalado Morton Smith, es evidente que algunos de los discípulos no eran judíos: Felipe, por ejemplo, es un nombre griego.)34


Muchos comentaristas citan las parábolas como pruebas de que Jesús era de origen humilde. En efecto suelen emplear analogías sacadas de situaciones cotidianas de la vida rural y doméstica, y esto se toma como demostración de que él tenía experiencia personal de tales situaciones.35 Sin embargo, otros han señalado que la imaginería utilizada revela sólo un conocimiento superficial de esas realidades triviales de la vida,36 como si hubiese sido un gran personaje que deliberadamente procuraba hablar a las masas en su mismo idioma, o como el aristócrata de nuestros días que, al presentarse como candidato del partido conservador, se dirige a los votantes de clase obrera en un tono que él cree adecuado para que ellos le entiendan.


Y aunque las bodas de Caná no fuesen, como algunos creen, la fiesta de sus propios desposorios con María Magdalena, demuestran sin embargo que se movía en círculos de «la sociedad», como lo indica la fastuosidad de la celebración. También el incidente de los soldados romanos que al pie de la Cruz se disputaron las ropas de Jesús indica que valía la pena quedarse con ellas; no habría sido lógico que se jugasen a los dados unos harapos.


Así pues, va apareciendo un panorama de los orígenes de Jesús bastante distinto de las creencias en que nos educaron cuando niños. La próxima cuestión está en saber si podemos justificadamente sentar alguna hipótesis acerca del personaje. Por ejemplo, ¿se puede hallar en los Evangelios alguna indicación positiva de que Jesús no fuese judío?
 

Después de su bautismo Jesús se retiró al desierto, donde fue tentado por el Diablo, quien por medio de un diálogo capcioso quiso obligarle a revelar su divinidad. Una vez más, la interpretación no es nada fácil. Algunos han postulado incluso que lo revelado por la tentación fue, nada menos, que Jesús rechazaba implícitamente a Yahvé.37 Lo cual podrá ser discutible, pero hay otro episodio que refleja de manera más decidida su actitud frente al Dios de los judíos.
 

Uno de los sucesos más famosos del Nuevo Testamento es el que se produce cuando Jesús, presa de cólera justiciera ante el espectáculo de los cambistas del Templo, derriba las mesas de éstos. Lo que parece un episodio bastante sencillo plantea en realidad un problema principal, que no ha pasado desapercibido a los teólogos ni a los estudiosos del Nuevo Testamento.


Aunque habitualmente se explica la actuación de Jesús por la santa ira que le produjo el ver contaminado aquel sagrado lugar por una actividad mercantil, ésa sería una actitud muy occidental, y bastante reciente además. Porque el cambio de moneda a fin de poder comprar los animales destinados a las ofrendas en el Templo de Jerusalén no era una corrupción, ni un abuso, sino parte indispensable de aquellos cultos. Como ha destacado John Dominic Crossan, profesor de estudios bíblicos en la Universidad de Chicago,

    «no hay el más pequeño indicio de que nadie estuviese haciendo nada incorrecto ni en lo financiero, ni en lo ritual», y sigue diciendo que «fue un ataque contra la propia existencia del Templo [...] una negación simbólica de todo cuanto [...] el Templo representaba».38

Algunos han intentado explicar el acto —que es uno de los más trascendentales de la vida pública de Jesús— diciendo que expresaba su insatisfacción con el régimen imperante en el Templo de la época. Pero en el contexto de su tiempo y lugar habría sido una reacción desaforada, como para hacer dudar de su equilibrio mental.

 

Pongamos una analogía moderna: sería como si un anglicano, irritado por haberse aprobado la ordenación de mujeres, expresara su protesta entrando en la abadía de Westminster para derribar y pisotear la cruz mayor del altar. Esto no sucede, sencillamente porque los devotos saben dónde está la frontera entre una acción adecuada, por muy simbólica que sea, y una protesta verdaderamente sacrílega. Lo que hizo Jesús entra en esta segunda categoría.


Así pues, su judaísmo sería, como poco, heterodoxo. Lo cual despeja el terreno a nuevas sugerencias en cuanto a qué era en realidad. Y tenemos claros indicios de que era parte de una escuela mistérica. Pero ¿hay en los mismos evangelios algún episodio que apunte a esa posibilidad?


Casi desde los comienzos de nuestra investigación tuvimos la sorpresa de descubrir que muy pocos investigadores se habían planteado una pregunta, a nuestro entender, fundamental: ¿De dónde sacó Juan el Bautista el rito del bautismo? Porque el estudio de la cuestión nos había revelado que éste no tiene absolutamente ningún precedente en el judaísmo, a diferencia de las abluciones rituales, es decir las inmersiones reiteradas que simbolizan la purificación y están descritas en los Manuscritos del Mar Muerto. Pero sería inexacto describir esos ritos como «bautismo».

 

Lo que propugnaba Juan era una ceremonia única, un acto de iniciación que cambiaba toda la vida e iba precedido de una confesión y el arrepentimiento de los pecados. El hecho de que ésta no tuviese precedente entre los judíos lo indica el sobrenombre de Juan el Bautista: es decir, el único, porque nadie más lo hacía. De hecho se ha considerado a menudo que había sido una innovación suya, aunque hay muchos precedentes y paralelismos exactos: pero todos fuera del mundo judío.


El bautismo como símbolo externo y visible de una renovación interna y espiritual fue un rasgo de muchos de los cultos mistéricos que existieron en todo el mundo helenístico de la época. Tuvo una tradición especialmente duradera en el antiguo culto mistérico egipcio de Isis. Y significativamente, el bautismo en sus templos a orillas del Nilo iba precedido de un arrepentimiento público y de la confesión de los pecados ante el sacerdote. (Más sobre esto en el capítulo siguiente.)


Fue aquél, además, el único período en la dilatada Historia de la religión de Isis en que se enviaron misioneros fuera de Egipto; así pues, parece bastante posible que Juan estuviese influido, concretamente, por ese ritual bautizador.


Como luego veremos, quizá tuvo la experiencia personal de la religión egipcia en el territorio propio de ésta, pues de acuerdo con algunas tradiciones cristianas antiguas la familia de Juan huyó a Egipto para salvarse de la matanza de Herodes... tradiciones que se expresan, por ejemplo, en la Virgen de las Rocas de Leonardo.


El bautismo de Jesús presenta varias dificultades teológicas. La primera, y no pequeña, es que como Hijo de Dios nacido sin mancha no tenía ninguna necesidad de lavar sus pecados. Problema que no desaparece diciendo, como intentan algunos, que Jesús lo hizo para dar ejemplo a sus seguidores, porque esa explicación no figura en ningún pasaje de los Evangelios. Por otra parte, hay además varias anomalías significativas en los relatos evangélicos que describen el bautismo de Jesús por Juan. Mientras Morton Smith señala que la imagen de la paloma que bajó de los cielos no tiene paralelismo ni precedente en la tradición judaica,39 Desmond Stewart va más allá y descubre claros vínculos con el simbolismo y las prácticas de los egipcios, cuando escribe:

    Aunque supuestamente Yahvé envió a unos cuervos para que llevasen comida a un profeta, no tenía la costumbre de manifestarse haciendo bajar pájaros. La paloma, en todo caso, era el ave sagrada de la diosa pagana del amor, llámese Afrodita o Astarté [...].

En cuanto a lo que Jesús creyó ver, Egipto proporciona mejor explicación cuando Re [o Ra, el dios egipcio del sol] recibe en su seno al amado, que es el faraón, adopta el aspecto de Horus, cuyo símbolo más corriente es el halcón [...]. Que un dios adoptase a un mortal mediante un rito de bautismo, no planteaba ninguna gran dificultad a los egipcios.40


La deidad egipcia principal a quien se asociaba habitualmente con el símbolo de la paloma es Isis, una vez más, la llamada «reina de los cielos», «estrella del mar» (Stella Maris) y «madre de Dios» desde mucho antes de que naciese la «Virgen María». Con frecuencia se representó Isis dando el pecho al niño Horus, mágicamente engendrado por ella con el difunto Osiris.

En la festividad anual que conmemoraba su muerte, y tres días después su resurrección, se decía que el Sol se volvía negro al morir y bajar a los mundos inferiores. (Y vemos los rayos de un sol negro sobre la escena de la Crucifixión en el mural realizado por Jean Cocteau para la iglesia de Londres.)


Dado el insólito celo misionero de algunos grupos de adoradores de Isis en la época, y la proximidad geográfica de Egipto, por no mencionar el ambiente cosmopolita de Galilea, no es de extrañar que Juan, Jesús y demás seguidores hubiesen recibido la influencia del culto de Isis.


Lo que sí extraña es la pretensión todavía viva de que la mayoría de los cristianos crea que su religión es algo total y absolutamente único, sin mancha alguna de otras filosofías o religiones, cuando evidentemente no es así. Tomemos por ejemplo la Última Cena, en la que según es creencia común Jesús instituyó el ágape sagrado del pan y el vino en representación de su carne y su sangre, o si se quiere, transustanciados en éstas.


Escribe A. N. Wilson que esto «tiene un recio sabor a cultos mistéricos del Mediterráneo, y muy poco en común con el judaísmo».41 A continuación aplica el comentario a su idea de que la Última Cena fue una invención de los evangelistas, pero ¿y si hubiese ocurrido de verdad, sólo que como rito pagano?


Desmond Stewart corrobora el paralelismo diciendo:

    [Jesús] tomó el pan y el vino, elementos de la hospitalidad cotidiana que sin embargo marcan la culminación del simbolismo de Osiris, e hizo de ellos, no un sacrificio sino la vinculación entre dos estados del ser.42

Para los cristianos el ágape sagrado del pan y el vino, punto culminante de la comunión protestante y la eucaristía católica, es algo exclusivo de Jesús. Cuando en realidad era ya una práctica común de las escuelas mistéricas principales del culto a un Dios que muere, sobre todo las de Dioniso, Tammuz y Osiris. En todos los casos se entendía que era un camino para hacerse uno con el dios en cuestión y alcanzar la elevación espiritual (aunque los romanos expresaron su repugnancia ante el canibalismo implícito en este género de creencias). Todos esos cultos se hallaban bien representados en Palestina hacia la época de la Última Cena, así que su influencia es comprensible.


Si consideramos los cuatro Evangelios canónicos, es de señalar que el de Juan cuenta la Cena pero no menciona la ceremonia del pan y del vino, quizá porque no se instituyó entonces; en otro lugar del Evangelio de Juan (6, 54) queda implícito que el ágape sagrado del pan y el vino se celebraba desde los primeros días de la vida pública de Jesús en Galilea.
En cuanto al concepto de comerse y beberse al dios de uno, según el ritual de la Misa, para los judíos era aborrecible.

 

Observa Desmond Stewart que:

    La noción de que el cereal era Osiris fue común entre los egipcios, y también tuvieron curso ideas muy similares en Hellas [la antigua Grecia] relacionadas con [las diosas] Deméter y Perséfone.43

Otro paralelismo con las escuelas mistéricas —y que no tiene parangón con ninguna creencia ni práctica judaica— es el suceso de la resurrección de Lázaro. Claro está que se trata de un acto de iniciación: Lázaro «resucita» de la muerte simbólica; lo uno y lo otro eran rasgos corrientes en las escuelas mistéricas de la época, y los ecos vuelven a aparecer en ciertos rituales de la francmasonería moderna.

 

El único Evangelio canónico que registra el acontecimiento, el de Juan, le atribuye un carácter milagroso, de literal resurrección de entre los muertos. Pero el Evangelio secreto de Marcos deja claro que fue sólo un acto simbólico, el cual marcaba la «muerte» del antiguo yo de Lázaro y su renacimiento como un ser espiritualmente más avanzado. Es verosímil que el episodio fuese suprimido de los demás Evangelios porque la alusión a las actividades de la escuela mistérica era demasiado transparente.

 

Por lo que concierne a nuestra indagación, el punto más significativo de ese rito es que su parangón más obvio remite a las ceremonias de «renacimiento» del culto egipcio de Isis. Refiriéndose a la mística de Isis tal como se entendió en el siglo I Desmond Stewart escribe:

    [...] la evidencia de Betania indica que Jesús practicó una especie de misterio similar al que vivió Lucio Apuleyo en el culto de lsis.44

También la Crucifixión corrobora la postura de los judíos al negar que Jesús fuese el Mesías, porque una muerte en circunstancias tan deshonrosas era lo último que le habría ocurrido al caudillo victorioso que ellos esperaban. Esto en sí mismo no preocupa demasiado a los cristianos, porque mantienen que el suyo es un Mesías de un orden muy superior, en términos espirituales, al de las creencias judaicas. Sin embargo el relato neotestamentario de la muerte de Jesús plantea otras dificultades. Es obvio que su interpretación cristiana como supremo sacrificio místico fue ideada posteriormente, en realidad, para explicar la discrepancia entre lo que habían esperado los judíos de su Mesías y lo que realmente le ocurrió a Jesús.


Se ha postulado que Jesús y los de su círculo desarrollaron su concepto propio de Mesías incorporándole la idea del Justo que Sufre, que derivaron del personaje de José según ciertos textos apócrifos de los judíos. Cumple observar que entre los «herejes» del norte de Palestina, es decir los galileos, este José «doliente» había absorbido algunas características del culto sino de Adonis-Tammuz.45

 

Los eruditos han observado asimismo la influencia del dios pastoril Tammuz sobre el Cantar de los Cantares,46 tan importante por otro lado para el culto de la Virgen negra. Posiblemente Jesús emulaba a Tammuz cuando se comparó con el Buen Pastor, y sus seguidores en la época no desconocían ese término, ya que Belén era centro principal del culto de Adonis-Tammuz.

 

(Recordemos que en la época de san Jerónimo los cristianos andaban indignados por la existencia de un templo de Tammuz en el lugar de Belén donde supuestamente nació Jesús.)


En vista de lo anterior sorprende que muchos comentaristas modernos, aun reconociendo la presencia de notables influencias paganas en la vida y enseñanzas de Jesús, renuncien a explorar el hecho y no pasen de una mención superficial.


Como cuando escribe Hugh Schonfield:

    Hacía falta un nazareo de Galilea para entender que la muerte y la resurrección eran el puente entre las dos fases [del Rey Mesiánico Único y Doliente]. La propia tradición de la tierra donde Adonis moría y resucitaba todos los años parecía reclamarlo así.47

Mientras tanto Geoffrey Ashe admite que,

    «Cristo se convirtió en un Salvador notablemente parecido a los dioses que mueren y resucitan en los Misterios, Osiris, Adonis y los demás».48

No obstante, el arquetipo que mejor se adapta a la vida y a la peripecia de Jesús tal como ha llegado hasta nosotros es el del dios egipcio Osiris, consorte de Isis. Según la tradición lo mataron un viernes y resucitó al tercer día.49 Hay indicios de que los primeros cristianos solían confundir el título de Christos con otra palabra griega, Chrestos, que significa bondadoso o amable. Algunos manuscritos primitivos de los Evangelios la usan en vez de Christos, pero es que Chrestos era uno de los epítetos adscritos tradicionalmente a Osiris. Viene al caso recordar que además hay en Delos una inscripción a Chreste Isis.50


La exclamación de Jesús desde la cruz también da pie a una interpretación pagana. Tanto la versión de Marcos, «eloi eloi!» como la de Mateo, «eli eli!» se traducen por «¡Dios mío! ¡Dios mío! [¿por qué me has abandonado?], aunque se dice también que algunos de los circunstantes creyeron que llamaba al profeta Elías, a quien el mismo Jesús había relacionado expresamente con Juan el Bautista.51 Pero «Dios mío» en arameo debía decir ilahi.

 

Desmond Stewart ha postulado que la palabra debió de ser Helios, el nombre del dios solar,52 y llama la atención que este grito coincide con el anómalo oscurecimiento a mediodía. De hecho, en uno de los manuscritos neotestamentarios más antiguos que se conocen los espectadores creen que está llamando a Helios, cuyo culto —muy difundido en la Siria del siglo IV— se cristianizó sustituyéndole el nombre por el de Elías. Por supuesto una divinidad solar es la quintaesencia de los cultos que tienen cielos de muerte y renacimiento.


Por consiguiente vemos que Jesús se adapta a la tradición de los dioses que mueren, pero ese arquetipo no es el panorama completo de los misterios antiguos. El dios, llámese Osiris, Tammuz, Attis, Dioniso o cualquier otro de los que había, estaba inevitablemente asociado a su consorte, la diosa, a quien correspondía por lo general el papel de protagonista en este drama de la resurrección.

 

Como dice Geoffrey Ashe:

    El dios-compañero era el amante trágico de la Diosa, predestinado a morir anualmente con el verdor de la naturaleza viva y renacer en primavera [...].53

Es evidente que si Jesús quiso realmente cumplir una tradición de «Dios que muere», falta algo. Por lo cual Ashe apostilla:

    En su papel de Salvador que muere y resucita no era posible que se le percibiese solo. No era eso lo que hacían aquellos dioses [...] nunca se manifestaría un Osiris sin una Isis, ni un Attis sin una Cibeles.54

Dirán los críticos, por consiguiente, que como Jesús no tuvo a su lado una persona que figurase como diosa-compañera no era posible que estuviese representando el papel de dios que muere; él era único en su verdadera divinidad y no le hacía falta compartirla con ninguna mujer. Pero ¿qué pasa si tuvo en verdad esa compañera? Pues naturalmente que la tuvo, y ese conocimiento es lo que han atesorado en secreto las generaciones de «heréticos». La «Isis» de Jesús era María Magdalena.


Los egipcios interpelaban a su Reina Isis «amante de los dioses [...] dueña de las ropas rojas [...] amante y dueña de la tumba [...]».55 Tradicionalmente se representa a la Magdalena llevando indumentaria de color rojo, lo que suele interpretarse como alusión a que era una «mujer de escarlata». Y fue ella quien presidió las ceremonias fúnebres de Jesús.


Si se comprende esto, súbitamente encaja todo el rompecabezas de datos perdidos o deliberadamente confundidos y alterados, y aparece la propia naturaleza de lo que podríamos llamar el verdadero cristianismo.

 

En contra de la primera impresión, no está ausente de los Evangelios el principio de lo Femenino: al menos, en la forma que debieron de tener originariamente. El conocido principio del cuarto evangelio dice:

            En el principio existía aquel
            que es la Palabra,
            y aquel que es la Palabra
            estaba con Dios y era Dios.

Aunque este concepto de Palabra (Logos) deriva de las ideas del filósofo neoplatónico judío Filón de Alejandría, un contemporáneo de Jesús, en esta versión de Juan parece un término explícitamente femenino. Logos es nombre masculino, en otras versiones traducido a nuestro idioma como «el Verbo» para mantener la concordancia, pero paradójicamente el concepto que describe tiene todos los visos de ser femenino. Claramente, hubo alguna confusión al redactarse el evangelio partiendo de los materiales que le servían de fuente, y nosotros también hemos tardado bastante en comprender el sentido originario de este pasaje.


La expresión «aquel que es la Palabra estaba con Dios», es una traducción deliberadamente confusa y que cambia del todo el sentido auténtico, porque al hacerlo así elimina algunas implicaciones muy molestas. Porque las palabras griegas del original dicen pros ton theon, que significa literalmente «yendo hacia Dios» y conlleva el sentido del hombre que busca la unión con una mujer, o como dice George Witterschein:

    [...] incluso podríamos utilizar el calificativo de erótico para ese deseo de unidad que supera la separación. La clave de todo [...] era la atracción entre el hombre y la mujer, paralela [...] a la atracción entre la Palabra y Dios.56

En resumen, la Palabra es femenino y la traducción exacta del principio del Evangelio según Juan es:

    En el principio era la Palabra y la Palabra fue hacia Dios, y Dios fue lo que la Palabra. Estaba con Dios desde el principio.57

Según esto la Palabra sería una potencia distinta y separada de Dios. En cambio suele interpretarse que la Palabra y el Espíritu Santo eran lo mismo, aunque originariamente el segundo recibía también un nombre inequívocamente femenino, Sophia.58


Los conceptos que evocan estas frases no tienen que ver con ninguno de los del judaísmo. Pero tampoco se originaron en los primeros años de la «nueva» religión emergente de la cristiandad. El norteamericano Karl Luckert, antropólogo y profesor de Historia de las religiones, autor de un importante estudio sobre la religión egipcia y su influencia en los conceptos teológicos y filosóficos posteriores, no alberga ninguna duda en cuanto a ese origen cuando escribe:

    [...] en toda la literatura religiosa del llamado Período Helenístico no se encuentra mejor resumen de la teología ortodoxa de los antiguos egipcios que el prólogo del Evangelio de Juan.59

Desmond Stewart aduce en The Foreigner que Jesús se crió en Egipto, si es que no nació allí. Pues aunque así fuese, no quita que pudo ser judío, porque en el Egipto de la época hubo comunidades judías muy nutridas y prósperas. Stewart recuerda que muchos detalles que se citan de Jesús, como la ausencia de acento galileo y el énfasis y trasfondo implícito de sus parábolas sugieren una formación egipcia.

 

Evidentemente, sabemos por el Nuevo Testamento que María, José y el niño Jesús huyeron a Egipto para salvarse de la cólera del rey Herodes. Después de lo cual no se vuelve a mencionar para nada sus años juveniles, excepto el incidente de su disputa teológica con los sabios del Templo de Jerusalén cuando tenía doce años. Pero también este episodio es una obvia invención, que pone en boca de María y José palabras por las cuales manifiestan ignorancia en cuanto a la naturaleza divina de Jesús...

 

Esto después de haber contado su nacimiento milagroso: ¿quién mejor que ellos debía saberlo? De manera que los evangelios canónicos no dicen nada auténtico sobre la vida de Jesús desde la infancia hasta bien entrada la edad viril del protagonista. ¿Dónde estuvo? ¿Por qué ese silencio sobre su infancia y adolescencia? Si estaba fuera del país, sumergido en otra cultura, quizá los autores no se sintieron llamados a idear toda una serie de sucesos para rellenar el hueco, o tal vez comprendieron que la empresa desbordaba su capacidad.


Otras fuentes corroboran este punto de vista. En sus escrituras sagradas del Talmud los judíos no creen que Jesús fuese oriundo de Galilea, ni de Nazaret, pues afirman dogmáticamente que vino de Egipto.60 Y también dicen otra cosa que quizá viene al caso, que la causa del prendimiento de Jesús fue una acusación de hechicería, pues era un iniciado en la magia egipcia. Este concepto es también la proposición principal de Morton Smith en su libro de 1978, Jesus the Magician, donde postula que milagros tales como la conversión del agua en vino y caminar sobre las aguas formaban parte del repertorio habitual de los santones egipcios, como el truco de la cuerda india lo es para los faquires orientales.


Smith reproduce muchos ejemplos de semejanza entre los milagros de Jesús y los conjuros mágicos y encantamientos que contienen algunos papiros de la época; también hay paralelismos con la vida y acciones del famoso mágico Apolonio de Tiana (un contemporáneo de Jesús, aunque algo más joven), y con las de Simón el Mago. A ambos se les atribuyen facultades casi idénticas a las de Jesús.


A esto suelen replicar los cristianos que si Jesús tuvo una cierta imagen de ocultista eso fue debido a la ignorancia y superstición de las masas; él hacía verdaderos milagros por don del Espíritu Santo. Pero ésa es una interpretación no menos subjetiva que las demás, y más difícil de sostener con argumentos que no sean de fe.

 

Morton Smith llama la atención sobre una paradoja principal del cristianismo:

    [...] así pues, nos es preciso contar con una tradición que quiere defender a Jesús negando que fuese un mago, y otra que le reverencia como el más grande de los magos.61

En tiempos de Jesús hubo en el mundo grecorromano muchos magos itinerantes más célebres que él, o menos, y tenían en su repertorio habitual la sanación y los exorcismos, tal como sigue ocurriendo hoy mismo con los santones hindúes y los hechiceros del vudú, entre otros. (Que las supuestas curaciones sean auténticas, ése es otro punto de debate, pero lo que desde luego es real es el asombro y el temor reverencial de los testigos, muchas veces multitudinarios: la propaganda oral cuenta mucho para la reputación de un milagrero.)


Smith recuerda que el término «Hijo de Dios» —el cual no deja de sorprender a los teólogos y los estudiosos del Nuevo Testamento, porque no tiene ningún precedente judaico ni era un concepto que estuviese asociado al Mesías— deriva sin duda de la tradición egipcia pasada por la cultura grecorromana. El mago capaz de realizar con éxito sus milagros lo conseguía convirtiéndose él mismo en instrumento de un dios, corno los chamanes tribales. Con esto sugiere Smith que Jesús se hacía Hijo de Dios como resultado de ser mágicamente poseído por la divinidad.


Se ha demostrado una sospechosa similitud entre el milagro de las bodas de Caná y el desarrollo de una ceremonia dionisíaca que se celebraba en Sidón; la semejanza llega hasta las mismas palabras empleadas.62 Y en el mundo helenístico, Dioniso se asoció expresamente a Osiris.63 Smith cita además dos textos mágicos egipcios que guardan paralelismo con la eucaristía, es decir el ágape ritual del pan y el vino que los cristianos consideran su misterio más sagrado, e instituido únicamente por Jesús.

 

Dice Smith (y la cursiva es suya):

    Éstos son los paralelismos más estrechos que se conocen con el texto eucarístico. En ellos, lo mismo que en éste, el dios-mago entrega su cuerpo y su sangre al comulgante, quien al comerlos quedará unido a él en amor.64

Incluso las palabras pronunciadas por Jesús se asemejan a las de los textos mágicos.


Hay otros indicios, algunos de ellos en propios Evangelios, de que Jesús estuvo mayoritariamente considerado como un mago en su época. En el Evangelio de Juan, las palabras con que le entregan a Pilato plantean la acusación de «malhechor», pero según la ley romana ésta era la calificación jurídica para los hechiceros.65


En este contexto, el aspecto más significativo de la investigación de Morton Smith es que pese a basarse por entero en una comparación entre los evangelios y los papiros mágicos, sus conclusiones responden exactamente a la retrato que dan de Jesús el Talmud judaico y ciertos escritos rabínicos antiguos. En ellos nunca se le describe como un judío que hubiese inventado una forma herética del judaísmo, según han dado en creer muchos cristianos modernos. En esos textos judíos, o bien es un judío que se convirtió a otra religión totalmente distinta, o nunca fue judío en realidad. Algunos le denuncian expresamente como practicante de la magia egipcia. El mismo Talmud asegura de manera inequívoca que Jesús pasó la juventud en Egipto y allí aprendió la magia.


Un relato de esa bibliografía rabínica compara a Jesús con otro personaje más antiguo que se llamó Ben Stada. Era un judío que quiso introducir la adoración de otras divinidades paganas junto a la de Yahvé, y para ello trajo las prácticas mágicas de Egipto precisamente. El precedente viene a cuento de subrayar que también Jesús se había propuesto llevar a los judíos las prácticas mágicas egipcias. Otros textos rabínicas son asimismo explícitos al asegurar que Jesús «practicó la magia para engañar y descarriar a Israel».


Es bastante obvio que los judíos contemporáneos suyos tuvieron a Jesús por un adepto de la magia egipcia. Para ellos su delito estuvo en querer introducir ideas paganas y dioses paganos en territorio judío.


Como el Talmud y otras colecciones de escrituras rabínicas se retrotraen al siglo III pero no antes, se ha argumentado que esas menciones son difamaciones intencionadas por parte de los judíos, en tanto que enemigos de Jesús. Sin embargo la inculpación, que fue en esencia por hechicería, no se basó únicamente en falsos testimonios como creeríamos a primera vista. No deja de ser curioso que fuese tal acusación la que acabó por imponerse, y hay indicios de que esas ideas acerca de Jesús habían circulado con anterioridad.


El apologista cristiano Justino Mártir, que escribió hacia 160, cita una discusión con el judío Trifón que llamó a Jesús «mago galileo». En 175 el filósofo platónico Celso aseguró que, si bien Jesús se había criado en Galilea, estuvo durante algún tiempo en Egipto trabajando como bracero y aprendió allí las técnicas de la magia.


Como hemos visto, los evangelistas no ven nada escandaloso ni vergonzoso cuando relatan que los magi adoraron a Jesús y le hicieron ofrendas de oro, incienso y mirra. Hay que subrayar que éstos no eran unos simples Sabios de Oriente, ni tampoco reyes, sino miembros de una cofradía caracterizadamente ocultista que tuvo sus orígenes en Persia. Y aunque algunos comentaristas intenten explicar el suceso como un reconocimiento simbólico, por parte de los hechiceros, de la superioridad del niño Hijo de Dios, el relato evangélico no dice nada que autorice a interpretarlo de esa manera, sino que la visita de los magos va claramente dirigida a provocar nuestro asombro y admiración.


Morton Smith ha señalado que los primeros cristianos, en especial los de Egipto, practicaban la magia, si bien la Historia no ha sido muy dada a reconocerlo.


Algunas de las obras de arte cristianas más primitivas son amuletos mágicos que llevan la imagen de Jesús y una fórmula de conjuro. De donde se sigue con bastante claridad que la primera generación de los seguidores de Jesús reconoció a éste como un mago, sea que les constase que lo era, sea que él mismo hubiese dado pie a tal creencia con su conducta.66


Sin embargo, también circuló en la época otro rumor mucho más negro acerca de la familiaridad que tuviese Jesús con la hechicería. El cual, si fuese cierto, no sólo corroboraría los escritos rabínicos sino que además vendría a resolver un problema bíblico perenne. Esa acusación extraña y escandalosa, que discutiremos más adelante, puede contener la clave de muchos de los misterios que rodean la relación entre Jesús y el Bautista, y justificaría quizá la importancia que reviste Juan para los grupos ocultos a través de los siglos.


Hemos visto una serie de paralelismos bastante claros entre la vida de Jesús y la leyenda de Osiris. Pero aún hay otra cosa tal vez más reveladora, y es que muchas de las palabras de aquél provienen de la tradición de la religión egipcia, sin cambio observable alguno. Por ejemplo, cuando Jesús dice (Juan 12, 24):

    «Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto».

La imagen y el concepto proceden innegablemente del culto de Osiris;67 y las palabras de Jesús «en la casa de mi Padre hay muchas habitaciones [hay sitio para todos]» (Juan 14, 2], que tanto han extrañado a generaciones de cristianos, pertenecen explícitamente a dicho culto y provienen directamente del Libro de los Muertos de los egipcios.68


Más correctamente llamada Mientras llega el día, esta obra consiste en una serie de conjuros gracias a los cuales el alma del difunto puede vencer los terrores de la otra vida, y que el sacerdote o sacerdotisa le leía al moribundo. Que Jesús hubiese conocido Mientras llega el día supondría familiaridad, no sólo con las escrituras religiosas del culto Isis/Osiris, sino además, y como queda dicho, con su magia, teniendo en cuenta que para los egipcios religión y magia eran lo mismo.


Osiris fue muerto un viernes y los trozos de su cuerpo dispersos. Al tercer día resucitó... por obra de la intervención mágica de Isis, quien había recorrido llorándole todo el país. En las representaciones anuales del misterio de Isis la suma sacerdotisa que representaba el papel de la diosa se lamentaba: «Los malvados mataron a mi esposo y no sé dónde lo han puesto». Cuando lograba recomponer el cuerpo exclamaba:

    «Por fin te hallo aquí yacente... Vive, ¡oh, Osiris!, el más infortunado, y ponte en pie. Yo soy Isis».

Entonces el sacerdote que representaba a Osiris se incorporaba para mostrarse a sus seguidores, los cuales se manifestaban sobrecogidos y titubeantes ante la milagrosa resurrección.69


Compárese esa primera frase del rito con las palabras de María Magdalena al «hortelano» (que resulta ser Jesús):

    «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto».

    (En aquella cultura la esposa se referiría corrientemente a su marido llamándole «mi señor».)70

Así pues, quizá se celebró en la sepultura de Jesús un rito egipcio y la Magdalena pronunció las palabras de la diosa antes de proceder a curarle sus heridas. En los misterios del dios que muere, es la diosa quien desciende a los infiernos con su séquito femenino para rescatar al dios renacido, y ese Hades sombrío se representaba generalmente como un sepulcro.


Y si, según nuestra opinión, Jesús y la Magdalena representaban a lo vivo la historia de la muerte y resurrección de Osiris, era perfectamente lógico que se eligiese la crucifixión, porque la cruz era ya un antiguo símbolo de Osiris.
 

Fueron María Magdalena y sus mujeres quienes atendieron las exequias de Jesús, no porque eso fuese cosa de mujeres en aquellos tiempos, como se ha afirmado, sino también porque representaban conscientemente los papeles que les correspondían en la leyenda de Osiris. El de dios que muere y resucita pudo representarlo Jesús gracias a la intervención —mágica, o lo que fuese— de su «diosa», de quien era su compañera sexual y espiritual, María Magdalena. Ella le había conferido el carácter mesiánico al ungirlo con el aceite de nardos, y si es correcta la idea de que era una mujer adinerada tal vez sus influencias hicieron posible el rito iniciático y mágico de la Crucifixión.


Inspirado por la imaginería del mito de Osiris y por la supuesta formación egipcia, tal vez Jesús se sometió voluntariamente a los horrores de la crucifixión, aunque por razones algo paradójicas si consideramos cómo perciben ese misterio los cristianos, para quienes Jesús es la encarnación de Dios. Pero tal vez él creyó convertirse en un dios por su muerte y renacimiento simbólicos. De manera que es posible que la crucifixión fuese puesta en escena y organizada —mediante cierta dosis de soborno— para que Jesús, como Lázaro, pudiese renacer al estilo de la escuela mistérica de Osiris y resucitar convertido en este dios.

 

Lo cual es tanto más probable si él mismo se consideraba de linaje real —descendiente de David— porque todo faraón muerto se convertía automáticamente en un «Osiris», soberano de los cielos y visitante de los infiernos gracias a la intervención mágica de Isis. ¿Esperaba Jesús salir de la tumba dotado de poderes divinos? Tal vez esta idea explicaría uno de los misterios más duraderos del cristianismo: si Jesús murió en la cruz, o no.


Muchos creen que no; lo dice por ejemplo el Corán, y algunos evangelios gnósticos, ciertas sectas islámicas, algunos herejes cristianos antiguos y tal vez el Priorato de Sión creen que ocupó su lugar un sustituto, quizá Simón de Cirene. Otros opinan que sufrió la crucifixión pero fue descolgado todavía vivo y que la «resurrección» consistió, sencillamente, en curarle de sus heridas.

 

Ciertamente Leonardo creyó que había descendido vivo de la cruz: la sangre todavía corre en la imagen humana del falso Sudario de Turín, y los cadáveres no sangran.

 

(Aunque nuestra tesis fuese errónea y Leonardo no hubiese falsificado el Sudario, quien lo hizo debía de estar convencido de que Jesús no había muerto en la cruz... y si, contra toda evidencia, la Sindone es verdaderamente el sudario de Jesús entonces demuestra claramente que lo pusieron vivo en la sepultura.)


Por supuesto pudo ser accidental que lo descolgaran vivo, con lo que la versión corriente de su prendimiento y crucifixión sería lo más cercano a la verdad de que podamos disponer. Pero hay demasiadas objeciones de lógica. Los ocupantes romanos eran gente práctica, y sus funcionarios, expertos torturadores y verdugos. Se nos dice que las ejecuciones fueron apresuradas aquel viernes... por ejemplo, rompiéndoles las piernas a los ladrones crucificados para que fuese posible enterrarlos antes de que diesen principio las festividades del Sabbath. Pero ¿es de creer que unos romanos, precisamente, tuvieran en cuenta las costumbres de los judíos, o si lo hicieron, hubiesen olvidado que el crepúsculo vespertino del viernes ponía fin necesariamente a la tortura de la crucifixión aunque se hubiese iniciado apenas unas horas antes?


La crucifixión era la peor muerte imaginable porque habitualmente las víctimas tardaban varios días en morir. De ahí su razón de ser; por consiguiente, ¿se crucificaría a nadie un viernes, en Palestina sabiendo que sería obligado descolgarlo al anochecer del mismo día, vivo o muerto?


Ciertamente hubo juicio, y hubo crucifixión. Pero es posible que Jesús y su círculo interno, con la «familia de Betania», hubiesen dispuesto los acontecimientos en cumplimiento de planes propios. En The Passover Plot, Hugh Schonfield ha dado una explicación elegante y persuasiva de cómo pudieron conseguirlo, pero no explica por qué, si Jesús conspiró para presentarse como Mesías, eligió ser crucificado, ya que ésa era una pena infamante e impropia del héroe judío tan largamente esperado.


Sin embargo la escenificación va más allá del prendimiento y crucifixión de Jesús. En los relatos evangélicos hay anomalías que suscitan graves sospechas. El tiempo concedido a la crucifixión era, como hemos visto notablemente breve y además se nos cuenta que mientras los ladrones recibieron de los soldados romanos el coup de grâce para rematarlos antes de que cumpliese el Sabbath, con Jesús no fue necesario porque les hizo el favor de morir antes del anochecer.

 

Muchos comentaristas han sugerido que estando colgado de la cruz pudo recibir con la esponja empapada alguna droga, por ejemplo un poderoso narcótico, que diese las apariencias de la muerte. En este caso hay que suponer que los conspiradores sobornaron a los centinelas para que éstos hiciesen la vista gorda. Si se interpretan así los indicios, resultaría que el plan fue esencialmente una cínica ficción: un ajusticiamiento para dar la máxima publicidad a la muerte, seguido de un aparente regreso a la vida que todos tendrían por milagroso.


La propia naturaleza de esa disposición revela por qué era preciso que fuesen los romanos y no los judíos quienes prendieran y ejecutaran a Jesús. De haber sido hallado culpable por los judíos, la pena se habría ejecutado por lapidación, que consistía en hacer apedrear al reo por la muchedumbre: en esas condiciones no sería posible una muerte ficticia.


Pero ¿qué esperaban conseguir los conspiradores con tan complicado y peligroso subterfugio? Pues, al fin y al cabo, ya hemos dicho que un delincuente crucificado no podía ser aceptado como Mesías. En las esperanzas de los judíos no estaba que su Mesías muriese crucificado, ni tampoco que resucitase de entre los muertos. Esa interpretación de sus expectativas sencillamente no existía.


En consecuencia, el proyecto no encajaba en los moldes de la tradición judía, pero sí en los de un concepto no judío: el del dios que muere y resucita, que era noción cardinal de los grandes cultos de las escuelas mistéricas. De esto los judíos no habrían querido escuchar ni media palabra; para ellos sólo existía un Dios y habría sido inconcebible que formase parte de un culto cruento, porque para ellos la sangre y la sepultura eran cosas impuras y repugnantes. En otros países del Oriente Próximo y del Mediterráneo, por el contrario, abundaban las deidades y los cultos de ese género.


Nunca se subrayará bastante lo mucho que dista de ser un caso único el relato de la pasión y la resurrección de Jesús. En el contexto de la proliferación contemporánea de cultos a dioses que morían, él evidentemente procuraba que se le asociase a uno de ellos, pero ¿a cuál? ¿Y qué esperaba ganar con ese plan doloroso y muy arriesgado?


Como hemos mencionado, la exclamación de Jesús en la cruz puede interpretarse como que dijo «Helios! Helios!» («¡Oh Sol! ¡Oh Sol!»). La muerte de Osiris se representaba tradicionalmente como un Sol negro, o dicho de otro modo, la desaparición de la luz, por lo que no es descabellado aducir la interpretación «¡Oh Sol! ¡Oh Sol! ¿Por qué me has abandonado?».


La Resurrección y sus circunstancias plantean toda una serie de preguntas insolubles, supuesto que nos parezca imposible que Jesús muriese y resucitase realmente como creen los cristianos. Por ejemplo, ¿en qué estado lo bajaron de la cruz? ¿Permaneció en coma dentro de la sepultura, o sólo herido pero consciente? ¿Qué sucedió con él después’? ¿Abandonó Palestina para visitar lugares remotos como la India, según han sugerido algunos? ¿Y qué fue de su relación con la Magdalena?, ya que según parece, ella se embarcó rumbo a las Galias sin él. Cualquiera que fuese la realidad del asunto, el Jesús de los evangelios, desaparece de la Historia después de la supuesta resurrección.


Se observa una cierta dispersión de los Evangelios después del descubrimiento del sepulcro vacío. Los relatos neotestamentarios de las apariciones de Jesús resucitado a sus discípulos y la supuesta ascensión a los cielos incurren en mucha confusión irreconciliable; ni siquiera como leyenda presentan ilación y consistencia. Por supuesto los no cristianos presentan esta incoherencia de las narraciones como prueba de que son ficticias, con lo cual podríamos estar de acuerdo. No obstante dicha confusión, Hugh Schonfield ha apuntado que puede distinguirse al menos una fuente con claridad: el encuentro de Jesús resucitado con dos discípulos en el camino de Emaús está tomado de El Asno de Oro, una obra de
Lucio Apuleyo en homenaje a Isis.71


Aunque el concepto de la futura resurrección de la carne sí tiene cabida en las creencias judaicas, lo que ocurrió con Jesús cuando supuestamente resucitó ciertamente no era conforme a las ideas de los judíos. El criterio tradicional era que todos los justos renacerían juntos en el fin de los tiempos; de manera que Jesús se habría sustraído a ese designio, según pareció, cuando recobró la vida mientras sus compañeros de infortunio seguían pudriéndose en sus sepulturas. Y luego subió a los cielos sin dejar ningún resto material, aunque prometiendo a los seguidores su disponibilidad espiritual... y precisamente esa continuidad de la presencia espiritual fue una de las razones principales de la aceptación que halló la incipiente religión cristiana en el mundo romano, y buena parte del ascendiente que todavía ejerce sobre millones de corazones y de mentes.


Como ha señalado Karl Luckert, los comentaristas actuales aun reconociendo que ese concepto de la presencia espiritual constante no es judío, se abstienen de formular hipótesis en cuanto a su verdadero contexto y trasfondo. Así pues, ¿de dónde provenía esa idea?


El erudito análisis72 de Luckert demuestra de manera concluyente que las nociones inseparables de la resurrección singular de Jesús y de su continuada presencia espiritual se retrotraen sin asomo de duda a la teología de los antiguos egipcios. Según su explicación, en esa teología [...] era posible creer que el Hijo de Dios resucitase de entre los muertos [...] y así regresara al Padre. También explica por qué, durante algún tiempo y antes de su ascensión completa a los cielos, fuesen vistas algunas apariciones del Cristo [...].

 

También sintoniza con la lógica de los egipcios la noción de que el Cristo Jesús, aunque hubiese regresado al lado del Padre, sin embargo se hallaba eternamente presente entre sus seguidores.


Una vez más vemos que unos conceptos centrales para la religión cristiana, durante mucho tiempo admitidos como demostración de la naturaleza única y divina de Jesús, no nacieron de su vida y enseñanzas con forma definitiva. Ni tampoco nacieron del tipo de judaísmo herético que tan frecuentemente ha sido invocado para explicar su génesis.


Ambos conceptos, el de resurrección individual y el de vida eterna del alma en el otro mundo, provienen de Egipto, donde estaban asumidos como cosa natural. Y esa noción de la presencia permanente y consoladora del espíritu después de la muerte deriva directamente de las creencias asociadas a la muerte de los faraones, cuya guía desde el mundo invisible seguía beneficiando a su pueblo.


Hemos descrito cómo los acontecimientos cruciales de la vida de Jesús cuadran con la leyenda de Osiris y cómo la misión de su compañera María Magdalena se adapta a la de Isis. Pero nos queda una observación importante en este contexto.
Mientras que el arquetipo de Osiris tiene claras coincidencias con el cumplimiento consciente de su representación por parte de Jesús —«morir» un viernes, ser llorado por «Isis», resucitar al tercer día—, es la diosa con su magia quien hace posible la resurrección. Que la suya no era una misión subordinada, es aquí un punto cuya trascendencia no cabe exagerar.
 

Isis tenía la consideración de divinidad creadora; como dicen las escrituras de los egipcios, «en el principio fue Isis, lo más Antiguo de lo Antiguo». Ella era la diosa «de donde surgió todo lo que llega a ser», y una invocación tradicional la llama «tú creadora de todas las cosas buenas». Pero es más, es la Salvadora originaria —que no Osiris—, y Aristóteles, un iniciado en sus misterios, la describe como «la Luz y otras cosas inefables que conducen a la salvación», mientras que Lucio Apuleyo le dirige este apóstrofe:

    «Oh, Tú Santa y eterna Salvadora del género humano [...] Tú que das luz al Sol [...] Tú que has sometido a la muerte bajo tus pies».73

Los estudiosos admiten que el cristianismo primitivo admitió en sus creencias ciertos aspectos del culto de Isis, como la noción de la divinidad que puede conceder la vida eterna. También se apoderaron de muchos de sus templos. Por ejemplo el santuario de Saïs, antigua capital de Egipto, en el siglo III convertido en iglesia consagrada a la Virgen María. Mil años antes y cuando era templo de la diosa Isis, había exhibido la leyenda «yo soy lo que es, lo que era y lo que viene», que luego pasó a figurar en el libro del Apocalipsis (1, 8), poniendo las mismas palabras en boca de Yahvé.


La influencia del culto de Isis se manifiesta incluso en los Evangelios canónicos. Por ejemplo una de las palabras más famosas de Jesús, «venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os aliviaré». Por su ofrecimiento de consuelo y caridad en medio de las vicisitudes de la vida, suele figurar en inscripciones a las entradas de los templos precedida por el anuncio «Jesús dice». En realidad la misma frase, palabra por palabra, figura entre los dichos de Isis y puede verse todavía en Dendera, sobre la entrada de un templo que estaba consagrado a ella. En cualquier caso el consuelo que ofrece la frase es más semejante al de una madre.


Si como creemos Jesús y María Magdalena eran iniciados de los misterios de Isis y Osiris, entonces el «cristianismo» debió de ser bien distinto de la religión patriarcal y temerosa de Dios en que luego se convirtió. Y su trasfondo esencialmente pagano arroja por fin alguna luz sobre algunos de los más dificultosos enigmas del Nuevo Testamento.


El dilema básico siempre ha estado en cómo intentar la conciliación entre la existencia de un Jesús histórico y los elementos evidentemente oriundos de escuelas mistéricas egipcias que contienen los relatos. Como resultado de esta dificultad, los comentaristas emprenden uno de estos dos caminos: o bien concluyen, como Ahmed Osman, que Jesús no existió, o mantienen como A. N. Wilson que esas referencias a las escuelas mistéricas no formaban parte de la narración originaria, sino que fueron añadidas más tarde.


Sin embargo, estas dos opciones aparentemente irreconciliables pueden dar un nuevo sentido al tomarlas juntas, como hemos demostrado. La suposición de que Jesús era de religión judaica es el factor que impidió hasta ahora el reconocimiento de una solución clara y sencilla. Pero si la religión que profesaba era oriunda de una tradición ajena, entonces todo se explica.


Con esto no hemos dicho que los discípulos de Jesús no fuesen judíos, ni que su campaña no estuviese intencionadamente dirigida a los judíos. Pero tal como hemos visto, es obvio que actuaba «entre bambalinas» un grupo secreto, del cual formaría parte casi seguramente la «familia de Betania».


El movimiento de Jesús comprendía un círculo interno y otro externo, es decir las versiones esotérica y exotérica del culto. Paradójicamente la mayoría de los discípulos, y de las fuentes originarias de los Evangelios, eran del segundo, del grupo deliberadamente mantenido en la ignorancia en cuanto al auténtico mensaje y designios del fundador. Aunque parezca una tesis demasiado radical y extraña, es precisamente la situación que una y otra vez describen los mismos Evangelios, cuando los discípulos, como el mismo Pedro, se confiesan totalmente perplejos ante las enseñanzas de Jesús y sus intenciones. Y lo que es más crucial, los discípulos del círculo externo ni siquiera estaban seguros de cuáles fuesen las ambiciones de Jesús o su verdadera misión.


También los estudiosos confiesan su perplejidad ante un tema esencial: por qué, si había tantos cultos mesiánicos en aquella época y lugares, fue el cristianismo el que prevaleció y floreció. Como hemos dicho, el movimiento de Jesús era reconocible además como un culto mistérico y por eso fue casi el único de los de aquel carácter que Judea logró exportar. El secreto de su ascendiente residía en ser esencialmente híbrido, una mezcla de ciertos aspectos del judaísmo con los elementos de escuela pagana y mistérica. Tuvo la singularidad de ofrecer algo tranquilizadoramente conocido tanto a los gentiles como a muchos judíos, sin dejar de transmitir la emoción de lo nuevo y diferente.


En tanto que religión nueva, nació del dinamismo creado por los conversos de diversas etnias y religiones que se esforzaban por extraer el sentido de los distintos y muchas veces contradictorios elementos del híbrido. Los seguidores se veían lanzados a la lucha constante por introducir el arquetípico dios que muere y resucita en el molde clásico de un Mesías, y viceversa. De esa fusión imposible nació el Cristo que enseña la Iglesia.


Por supuesto cabe negar que el cristianismo tenga un trasfondo egipcio señalando la tónica general de los Evangelios, que es innegablemente judaica. Que es el único indicio de que disponemos en cuanto a la naturaleza de la religión primitiva, podría señalarse con razón, y de él se infiere con toda seguridad que era de raíz judaica. Pero el caso es que los Evangelios del Nuevo Testamento no son el único indicio como quiere la Iglesia que creamos. Ya hemos comentado que el extenso cuerpo textual colectivamente llamado los evangelios gnósticos permaneció desaparecido para los cristianos, por voluntad de alguien, durante muchos siglos. Y el cuadro que éstos pintan del cristianismo primitivo desde luego no se parece al de una secta cismática del judaísmo. Lo que describen los evangelios gnósticos es una escuela mistérica egipcia.


Eruditos como Jean Doresse, en su estudio sobre los documentos de Nag Hammadi, han reconocido la influencia ubicua de la teología egipcia en las escrituras gnósticas. Una y otra vez hallamos conceptos obviamente egipcios en esos evangelios largo tiempo ignorados. Es el caso, en particular, del Pistis Sophia, cuya cosmología corresponde a la del Libro de los Muertos egipcio. Incluso utilizan los evangelios gnósticos la misma terminología; «los infiernos», por ejemplo, se designan con la palabra egipcia de ese mismo significado, Amente.74


Durante siglos dieron por supuesto los cristianos que los Evangelios del Nuevo Testamento eran «la verdad» —como fuentes de historicidad y de espiritualidad» y que los libros gnósticos eran «erróneos». Mateo, Marcos, Lucas y Juan escribieron al dictado de la inspiración divina, mientras que los demás (si es que han tenido noticia de ellos) escribieron necedades. Pero tal como esperamos haber demostrado, hay razones convincentes para creer que las obras gnósticas son, como poco, igualmente dignas de consideración.


Los Padres de la Iglesia rechazaron los evangelios gnósticos por razones de conservación propia, ya que dichos escritos presentaban una imagen del cristianismo muy diferente y que no convenía a los intereses de aquéllos. Esos libros suprimidos no sólo resaltaban la importancia de María Magdalena (y de las demás discípulas), sino que a mayor abundamiento presentaban una religión que tenía sus raíces —a diferencia de los libros del Nuevo Testamento— en la teología egipcia. El cristianismo que describen no se proponía ser un sistema patriarcal ni un desarrollo más o menos herético del judaísmo.

 

Con esto nadie niega que los autores de los Evangelios del Nuevo Testamento fueran seguidores judíos de Jesús, pero paradójicamente parece que eran los menos enterados de lo que él representaba, e intentaron explicarle dentro del contexto religioso y cultural en que ellos vivían. Por otra parte, todo indica que los evangelios gnósticos, pintan un cuadro más auténtico de los orígenes de su religión... e incluso de la formación y creencias del mismo Jesús.


Pero subsiste la pregunta: ¿qué pensaban ganar Jesús y su círculo interior con la predicación de lo que era esencialmente un mensaje pagano en el corazón del judaísmo?


La primitiva religión de los hebreos fue politeísta, como las de todas las culturas antiguas, y veneraban a dioses y diosas. Fue luego cuando prevaleció Yahvé y los sacerdotes se vieron en el caso de tener que reescribir sus crónicas para borrar la huella de los antiguos cultos de divinidades femeninas. Y aunque no lo consiguieron del todo, desde luego la condición de la mujer empeoró notablemente, tal como también sucedió en los comienzos del cristianismo, y por la misma razón.


En su importante trabajo The Hebrew Goddess, un especialista en estudios bíblicos y antropólogo, Raphael Patai (de origen húngaro), demostró de manera concluyente que hubo una época en que los judíos adoraron a una deidad femenina. Entre los muchos ejemplos que cita figura el Templo de Salomón, que en contra de lo que asegura la tradición no fue construido en honor de Yahvé únicamente, sino también para celebrar a la diosa Asherah. Dice Patai que [...] el culto de Asherah en tanto que consorte de Yahvé [...] era un elemento integrante de la vida religiosa en el Israel antiguo, es decir anterior a las reformas introducidas por el rey Josías en 621 a.C.75


El Templo de Salomón se construyó siguiendo el modelo de los templos fenicios, los cuales emulaban a su vez los del antiguo Egipto.76 Y varios eruditos creen que las imágenes grabadas en el Arca de la Alianza representaban en realidad a Yahvé y a una deidad femenina. Los querubines que exhibía el Arca también eran figuraciones de la diosa. En un bajorrelieve del palacio del rey Acab en Samaria hay dos «querubines» idénticos a las representaciones clásicas de Isis.


Los judíos adoradores heréticos de la diosa nunca dejaron de darse en diversas regiones, sobre todo en Egipto.77 Pero incluso bajo la ortodoxia del judaísmo sobrevivió la diosa bajo diversos «disfraces», de los cuales citaremos los dos principales: el uno, la personificación de Israel como una mujer; el otro, la figura de la Sabiduría, en hebreo Chokmah, en griego Sophia. Aunque viene explicada generalmente como personaje femenino que coexistió con Yahvé desde el origen de los tiempos.78


El consenso generalizado actual es que ese personaje tuvo sus orígenes en las diosas de las culturas circundantes; en particular Burton L. Mack ha visto la influencia de las divinidades egipcias Ma’at e Isis.79


En cualquier caso, hacia la época de Jesús el judaísmo aún no había olvidado del todo sus orígenes paganos, y hubo judíos conversos a religiones extranjeras durante los períodos de dominación griega y romana. De hecho, el factor detonante de la insurrección de los Macabeos, a mediados del siglo II a.C., fue la división originada por los judíos que apostataban para rendir culto a otros dioses, por ejemplo a Dioniso.


Ese elemento pagano de culto a una diosa en el judaísmo herético podría servir para explicar mucho acerca de Jesús, su misión y sus verdaderos motivos. Cuando no lo tomamos en cuenta, aparece una contradicción: si bien, contemplado aisladamente, casi todo lo que dijo o hizo Jesús puede atribuirse a una escuela mistérica —muy probablemente la de Isis y/u Osiris—, los demás indicios dan a entender que desempeñó a conciencia el papel de Mesías judío, y que la mayoría de los seguidores que tuvo estaban convencidos de que iba a ser su rey.

 

Hasta los especialistas más prestigiosos rechazan el material mesiánico cuando no conviene a sus hipótesis. Si tienen razón al hacerlo, entonces Jesús ciertamente fue un iniciado de una escuela mistérica. Pero no nos parece satisfactorio que se descarte dicho material, porque significaría que varios episodios de los Evangelios —como la entrada de Jesús en Jerusalén montado sobre una borriquilla— eran totalmente inventados. Y aunque sea demostrable que los Evangelios contienen algunas ficciones (en especial lo relativo a la infancia de Jesús), en ese caso particular hay indicios convincentes de que el relato es auténtico.

 

Como hemos visto en el capítulo 11, los acontecimientos previos a la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén parecen organizados de antemano, por ejemplo para suministrar la cabalgadura que utilizaría Jesús en cumplimiento de las profecías mesiánicas. Los detalles que apuntan a esa circunstancia son intrínsecos del relato evangélico; no parece que los autores mismos tengan presente su significado. Por tanto, podían inventar el episodio pero era difícil que se les ocurriesen dichos indicios.


Así pues, ¿cuáles eran los auténticos designios y las motivaciones de Jesús?


Podemos suponer que quiso explotar la manía mesiánica corriente en la época, a fin de reintroducir el culto a la diosa; para eso no habría constituido ningún obstáculo la pertenencia al linaje de David que suele atribuírsele, porque el mismo rey David había sido un adorador de la diosa igual que el rey Salomón. Quizá Jesús fue un sacerdote de Isis que intentaba ofrecer a los judíos una versión aceptable de la religión de Isis/Osiris, o utilizó el anhelo mesiánico para fomentar algún plan más secreto y de más alcance que implicase iniciaciones esotéricas, tal vez culminantes en la Crucifixión.

 

Y si era «Jesús el nazareo», entonces formaba parte de una primitiva «familia» de sectas heréticas judías, de quienes se cree que preservaban y transmitían la forma original de su religión. En cuanto a las creencias de los nazareos apenas podemos hacer otra cosa sino especular, pero en lo que concierne a Jesús desde luego esa afiliación guardaría coherencia con sus convicciones de escuela mistérica. Cualquiera que sea la verdad sobre esta cuestión podría ser que Jesús hubiese sido no tanto un Hijo de Dios como un Hijo devoto de la Diosa.


La idea de que Jesús intentaba la reintroducción del culto a la diosa entre el pueblo de Israel cuadra notablemente bien con lo que sabemos. Es precisamente la intención que se le atribuye en el Levitikon, el texto clave del movimiento juanista. Ahí Jesús es un iniciado osiriano sabedor de que la primitiva religión de Moisés y la tribu de Israel era la de Egipto, y que los judíos habían olvidado que hubo también una diosa. Desde luego, nada de eso adquiere la densidad de una prueba concluyente, pero tal como veremos en el próximo capítulo, la hipótesis recibe muy sólidos apoyos, aunque de la procedencia más insospechada.


Aunque ahora parezcan asombrosas, la Iglesia primitiva no dejó de observar las semejanzas entre el primer cristianismo y el culto de Isis y Osiris. En realidad las dos religiones se disputaban los corazones y las mentes del mismo tipo de parroquianos, y aparte la insistencia de los cristianos en que su fundador había sido hombre de carne y hueso, ambas doctrinas eran virtualmente idénticas.


El culto de Isis existente en la época de Jesús no era exactamente el mismo que floreció en Egipto antes de convertirse éste en uno de los reinos helenísticos.


Sus atributos cambiaron a medida que iba apropiándose los de otras diosas. En el siglo IV a.C., mientras mandaban en el país los griegos, apareció un nuevo culto de Isis y Serapis (la forma helenizada de Osiris). Era en esencia una fusión de distintas escuelas mistéricas. Este culto llegó a Roma antes de 200 a.C. y, después de haber captado un considerable seguimiento en las provincias. Pero el centro de culto principal seguía estando en Egipto y era el Serapeum de Alejandría, y también hubo otro centro en Delos.80


A las clases inferiores de Roma les encantó este culto de Isis, y lo abrazaron con entusiasmo. Estos movimientos multitudinarios siempre fuesen contemplados con desconfianza por las autoridades, que veían en ellos el peligro de una subversión a gran escala. De manera que los seguidores de Isis en Roma sufrieron frecuentes persecuciones. Por último el Senado mandó destruir el templo romano de lsis y Serapis; pues bien, pese a ser sabidas las consecuencias, no se hallaron obreros dispuestos a encargarse del derribo. El culto fue oficialmente abolido por Julio César.


Insospechadamente, en 43 a.C. el triunvirato mandó construir un nuevo templo de Isis-Serapis. Lo cual pudo ser una consecuencia directa de los famosos amoríos entre Marco Antonio y Cleopatra. Esta reina encargó muchas imágenes en que se representaba a sí misma como Isis, y a su amante como Osiris o Dioniso, aunque el interesado prefería que le llamaran el Nuevo Dioniso. Durante su reinado, Cleopatra no reparó en medios para conseguir que el culto de Isis se convirtiera en la religión nacional de Egipto.


La persecución  más severa que sufrieron en Roma fue la del emperador Tiberio, en 19 d.C., cuando hizo crucificar a los sacerdotes y 4.000 fieles salieron hacia el destierro. Esta persecución coincidió con otra contra los judíos de Roma.


No se conocen con claridad las causas de la desmesurada reacción. Josefo recoge el suceso y lo atribuye a un escándalo, porque un aristócrata romano había seducido a la mujer de otro hombre en el templo de Isis con la complicidad de uno de los sacerdotes. Pero atendida la moralidad habitual en la alta sociedad romana de la época, un suceso así apenas debió de suscitar algo más que un fruncimiento de cejas. A lo que parece Josefo intenta diferenciar entre la persecución contra los seguidores de Isis y la desencadenada contra los judíos, pero todo indica que los primeros habían tomado parte en algún alboroto o insurrección.81


Pasaba algo insólito con la religión de Isis en aquella época. Como ha escrito R. Merkelbach en Man, Myth & Magic:

    Queda claro que la «Iglesia» de Isis se atribuyó una «misión» durante el período imperial [...]. Es indudable que envió propagandistas.82

Durante el siglo I d.C. les sonrió la suerte a los partidarios del culto, y ganaron algunos apoyos en las clases altas e incluso el de algún emperador. Calígula, aunque no fuese un modelo de buena conducta en otras cosas, promovió la construcción de templos y estableció fiestas públicas en honor de Isis. En cuanto a Claudio y Nerón, fueron aficionados a los cultos mistéricos en general, pero también favorecieron el de Isis. Algunos de los emperadores romanos del período tardío fueron incluso devotos del mismo.


El cual siguió existiendo públicamente hasta finales del siglo IV, aunque cada vez más combatido por el cristianismo. En 391 d.C. los cristianos arrasaron el Serapeum de Alejandría y tomaron medidas para suprimir el culto dondequiera que se practicase. La última celebración oficial de esa antigua religión fue en Roma, el año 394.


¿Por qué era tan popular el culto de Isis? ¿Qué ofrecía a sus seguidores? Como ya hemos visto, versaba sobre la salvación y la redención personales, y confería a sus devotos la bendición de la vida eterna en el otro mundo. Como ha apuntado Sharon Kelly Heyob en The Cult of Isis among Women in the Graeco-Roman World (1975):

    Isis acabó por convertirse en una divinidad salvadora, si tomamos la expresión en el sentido esencial. Uno podía alcanzar la redención individual participando en sus misterios. La creencia en la posibilidad de obtener la inmortalidad fue la más persistente de sus doctrinas.83

A su vez Merkelbach dice acerca del culto de Isis:

    Se hizo popular porque apelaba al afán de salvación personal (como el cristianismo), y se le asociaron ideas filosóficas platónicas [como también ocurrió con el cristianismo].84 Había confesión de los pecados, y perdón de los mismos mediante la inmersión en el agua [...].85

S. G. F. Brandon subraya que en Egipto eran los ritos de la escuela mistérica de Osiris los que asociaban esos dos conceptos: la inmersión que es símbolo de purificación espiritual, y la regeneración consiguiente. Y agrega:

    Este proceso en dos etapas para la consecución de la bendita inmortalidad no volvió a aparecer hasta que emergió el cristianismo.86

     

    Es verdad que hay estrechos paralelismos entre la descripción del bautismo dada por Pablo y la ceremonia correspondiente de las escuelas mistéricas de Osiris.87


    Como en el cristianismo, la salvación personal del o de la creyente depende de su arrepentimiento. En esa época madura del Imperio romano sólo estas dos religiones concedían tanta importancia al arrepentimiento.88


    Hay otra semejanza sorprendente, y singular, entre las prácticas del culto de Isis y las que luego introdujo la cristiandad católica: el concepto de la confesión: el o la creyente reconocía sus faltas en presencia del sacerdote, y entonces éste elevaba una plegaria a Isis para solicitar que le fuesen perdonadas.89

Otra práctica que la Iglesia primitiva compartió con los seguidores de Isis, aunque digan lo contrario las equivocadas interpretaciones modernas, fue el de asignar misiones activas a las mujeres, si bien algunas estimaciones dan un número de sacerdotes superior al de las sacerdotisas en ambas religiones. Al menos existía una igualdad entre los dos sexos en el plano de las oportunidades y de la dignidad espiritual.


Por lo común el culto de Isis hacía hincapié en el aspecto maternal de la diosa, celebrando sus atributos de esposa y madre, aunque esto no significa que descuidase las demás facetas de la naturaleza femenina. En consecuencia, y como hemos comentado, la trinidad familiar formada por Isis, Osiris y Horus ejercía una poderosa influencia sobre la vida familiar de los devotos: hombres, mujeres y niños se sentían comprendidos por sus dioses. Los laicos en general desempeñaban un papel muy activo en la religión, a diferencia del control total ejercido por el sacerdocio masculino de Roma, y existían muchas cofradías de «laicos» vinculadas a los templos.


En cuanto a la vida sexual, a los seguidores de Isis se les aconsejaba la monogamia y el respeto a la santidad de la familia. Y aunque varios autores romanos los censuraron por conducta inmoral, eran los mismos que se quejaban de los períodos habituales de abstención sexual que les imponían sus queridas, si eran adoradoras de Isis.


Durante la época de mayor esplendor de la religión en Egipto, la fiesta principal caía el 25 de diciembre, cuando se celebraba el nacimiento de Horus, hijo de Isis... y veinte días más tarde, el 6 de enero, el de su otro hijo Aion. Ambas fechas han sido adoptadas por los cristianos, aunque es de observar que la Iglesia ortodoxa celebra la Navidad el 6 de enero. En Egipto, los cristianos del siglo IV celebraban la Epifanía de Jesús en esa fecha y adoptaron también elementos de la festividad de Aion, incluyendo ritos bautismales para los que se utilizaba el agua del Nilo. En Man, Myth & Magic, S. G. E Brandon ha observado «la evidente influencia de la festividad de Isis sobre las costumbres cristianas asociadas a la Epifanía».90


No obstante, eran muchos los cultos mistéricos de la época de Jesús que tenían prácticas parecidas. Común a la mayoría de ellos era, por ejemplo, la pretensión de que sus iniciados «volvían a nacer», y como dice Marvin W. Meyer en The Ancient Mysteries:

    Habitualmente los mystai [iniciados] compartían comida y bebida en las celebraciones rituales, y en algunos casos pudieron considerar que se unificaban con la divinidad al participar en un ágape sacramental análogo a la eucaristía de los cristianos. Se dice por ejemplo que las ménades frenéticas de Dioniso devoraban la carne cruda de los animales en su festín llamado omofagia [...] las descripciones de este consumo de carne sugieren que las participantes se persuadían de estar devorando al dios mismo [...]. En los misterios de Mitra, los iniciados participaban en una ceremonia tan parecida a la «Cena del Señor» de los cristianos, que el apologista cristiano Justino Mártir se vio obligado a marcar diferencias diciendo que los mystai mitraístas comían pan y bebían agua [o tal vez agua mezclada con vino] en una imitación diabólica, como él asegura, de la eucaristía cristiana.91

Pero no importa qué semejanzas puedan hallarse entre otros cultos mistéricos y el cristianismo primitivo y las enseñanzas de Jesús, el de Osiris es el que tiene más títulos para ser calificado como inspirador directo de éstos. S. G. F. Brandon califica a Osiris de «prototipo de Cristo».91


La Historia de la Iglesia primitiva en Egipto es muy sugerente por lo que se refiere a parecidos entre el cristianismo y la escuela mistérica Isis/Osiris. Los historiadores admiten que hay muchos misterios alrededor de los orígenes y desarrollo del cristianismo en Egipto: todo cuanto se puede asegurar es que fue un vástago muy precoz de aquel movimiento. Llama la atención que una metrópoli tan grande e influyente como Alejandría fuese prácticamente ignorada por los autores del Nuevo Testamento, ya que sólo la mencionan una vez. (Pero esa mención, como veremos, es de especial significado para el presente estudio.)

 

Hay también una ausencia total de testimonios escritos acerca de esa Iglesia hasta el siglo III de nuestra era. Los estudiosos postulan que la facción cristiana dominante arrasó los archivos.93 Es evidente que la rama egipcia del movimiento era un escándalo intolerable, por algún motivo. Sobre cuál fuese la naturaleza de éste, quizá pueda verse una pista implícita en el hecho de que después de la destrucción del Serapeum en 391 d.C., buena parte de la parroquia de éste se pasó a la Iglesia cristiana copta (egipcia).94


La Iglesia copta siguió siendo una entidad separada, independiente tanto de la Iglesia de Roma como de la Ortodoxa oriental. Es de señalar que sus creencias son una evidente fusión de creencias tradicionales egipcias y cristianas, y ambas se asimilaron con extraordinaria facilidad. Después del 391 la Iglesia copta adoptó el ankh, la cruz ansata de los egipcios, que todavía hoy es su símbolo. Y Mircea Eliade afirma sin más circunloquios: «Los coptos se consideran a sí mismos los auténticos descendientes de los antiguos egipcios.»95


En ese período y en ese lugar se fabricaron muchas piezas esenciales del rompecabezas que nos ocupa. La Alejandría de la época era un crisol donde se sintetizaron muchos conocimientos y muchas ideas, de donde salieron las doctrinas herméticas, el gnosticismo de los textos de Nag Hammadi y la alquimia en su forma «moderna». Todas ellas, en esencia, expresiones de la importancia asignada al poder trascendente de lo Femenino y a la magia de la unión de la diosa con su dios.


La triste realidad es que, si bien hace por lo menos sesenta años que todos los estudiosos conocen a la perfección las relaciones entre el cristianismo y la religión de Isis/Osiris, en cambio muy pocos cristianos de base saben nada de eso. Desde luego es posible que no quieran saber que Jesús fue uno más de esa larga genealogía de salvadores, de dioses que mueren y resucitan, porque la fe es más importante para ellos que los datos históricos. Pero por otra parte, muchos cristianos actuales se han sentido engañados por la Iglesia a medida que iban realizando por sí mismos tales descubrimientos.


El cristianismo no fue la religión fundada por el único Hijo de Dios que murió por la redención de nuestros pecados. Fue una reedición del culto de Isis y Osiris; no obstante, se convirtió pronto en un culto a la personalidad centrado en Jesús.
Pero si éste fue, en esencia, un misionero egipcio, ¿se puso altruístamente al servicio de ese designio? ¿Se conformó Jesús con hablar a los corazones y las almas de las multitudes? Algo falta en ese panorama, algo que es fundamental para el entendimiento del hombre y de su misión.

 

Es obvio que Jesús también había puesto las miras en un objetivo mundano: existió una agenda política que discurría paralela a sus ambiciones como propagandista de Isis/Osiris. No por casualidad fue un destacado caudillo y llevó su mensaje a muchas partes de Palestina, procurando ser escuchado por el mayor número posible de personas. En aquella época y lugar la religión era inseparable de la política; el que se convirtiese en un gran dirigente religioso era, por ese mismo hecho, una fuerza política a tener en cuenta.


Sin embargo, toda campaña que se plantee unos objetivos tan ambiciosos implica inevitablemente grandes riesgos para quienes la capitanean, y siempre se alzan voces discrepantes. En este caso, la voz ya se había alzado antes: era la voz que clamaba en el desierto, la de Juan el Bautista, a quien volveremos ahora nuestra atención.


En la primera parte de este libro identificábamos dos hilos principales de la trama, los que pasan por María Magdalena y por Juan el Bautista; o también podríamos compararlos a sendas corrientes subterráneas que atraviesan todas las herejías que hemos contemplado hasta aquí. Ambas corrientes proceden indudablemente de algún conocimiento muy secreto y poderoso que, de llegar a publicarse, conmovería los propios cimientos de la Iglesia.

 

Así lo ha demostrado nuestra investigación para el caso de María Magdalena. Ella misma se revela como clave principal de secretos acerca de Jesús que han permanecido largo tiempo ocultos. A través de ella hemos visto que fue un sacerdote de la religión egipcia, y un adepto de la magia cuando ella le inició mediante los ritos de la sexualidad sacra. Ése era el significado real del culto herético a la Magdalena y lo que leyeron en el código secreto generaciones de heréticos. María no sólo representa la tradición pagana a la que ella y Jesús pertenecían; para buena parte de esa clandestinidad heterodoxa, María Magdalena era la diosa Isis.


Pero los heréticos guardaban cerca de sus corazones otro tema secreto y éste se hallaba personificado y codificado por la figura de Juan el Bautista. Tal como ocurre en el caso de la Magdalena, fue una persona real que conoció a Jesús y tuvo determinadas relaciones con él. Así pues, ¿qué revelaciones nos ofrece?
 Mientras estudiábamos la vida de Leonardo da Vinci para averiguar si había sido el falsificador del Sudario de Turín, nos sorprendió la frecuente aparición de Juan el Bautista en aquélla. Fuese coincidencia o no, el Maestro estuvo en relación con infinidad de lugares consagrados a dicho santo, además de ser gran admirador suyo. El principal de todos ellos, su amada ciudad de Florencia, en cuyo corazón se alza un extraordinario baptisterio.

 

En 1995 lo visitamos con un equipo de rodaje de la BBC que realizaba un documental sobre el Sudario para la televisión; la mágica sigla funcionó como una especie de «ábrete sésamo», y nos permitieron entrar fuera de los horarios de visita del público. El baptisterio es una obra arquitectónica extraña, de planta octogonal, que data de los tiempos de la primera cruzada y es muy posible que su construcción se debiese a los templarios, quienes además de sus características iglesias de planta circular también promovieron la forma octogonal, de acuerdo con lo que creían había sido la planta del Templo de Salomón en Jerusalén.

 

Sobre todo deseábamos ver la única escultura conservada de Leonardo (aunque hecha a medias con Giovanni Francesco Rustici), puesta al exterior de esa singular edificación de ocho lados. Es una estatua de Juan el Bautista, naturalmente. Y como en todas las imágenes de Juan realizadas por Leonardo, lo vemos con el dedo índice derecho levantado.

  Como hemos dicho, la Herejía Europea tiene al Bautista como uno de sus temas centrales, aunque se ha preferido mantener secretas las verdaderas razones de ello. En efecto, hace algunos años, cuando emprendimos nuestras pesquisas sobre el asunto, se echó de ver en seguida que tenía relación con los secretos internos de organizaciones corno los caballeros templarios y los francmasones. Pero en los tiempos actuales, ¿por qué interesa seguir guardando el misterio tan celosamente?


La imagen clásica cristiana de Juan el Bautista es de una notable simplicidad. Queda convenido que cuando bautizó a Jesús principió el ministerio de éste; más precisamente, dos de los Evangelios canónicos empiezan relatando la predicación de Juan a orillas del Jordán. El retrato de los autores representa a Juan como un predicador ascético pero de carácter ardiente, que abandonó su vida de anacoreta en el desierto para hablar al pueblo de Israel e instarle a arrepentirse de sus pecados y bautizarse. Desde el principio la figura humana de Juan según los evangelistas causa cierto desasosiego al lector actual, por lejana e intransigente; o mejor dicho, no vemos nada en los Evangelios que justifique la gran veneración prodigada al personaje por generaciones de heréticos... ni desde luego, nada susceptible de atraer a mentes privilegiadas como lo fue Leonardo da Vinci.


En suma los relatos evangélicos poco dicen acerca del Bautista. Que el rito administrado por él era un signo externo de arrepentimiento, y que muchos hicieron caso de su llamada y se bañaron en el Jordán. Entre ellos, el mismo Jesús.
 

Según Mateo, Marcos, Lucas y Juan, el Bautista proclamó que él no era más que el precursor del Mesías anunciado, y admitió que esa persona era Jesús. Cumplida su misión, desaparece casi por completo del panorama, si bien siguió bautizando durante algún tiempo, según dan a entender ciertos pasajes de los textos.


En el Evangelio de Lucas, Jesús y Juan son primos y el relato de la concepción y nacimiento del primero presenta, a manera de motivo entretejido, las circunstancias del caso de Juan, que son paralelas aunque desde luego menos milagrosas. Sus progenitores, el sacerdote Zacarías y su esposa Isabel, son de edad avanzada y no tienen hijos, pero entonces el ángel Gabriel les anuncia que han sido elegidos y tendrán descendencia.

 

Poco después de esto, la posmenopáusica Isabel concibe. A ella acude María al saberse embarazada; en ese momento Isabel lleva ya seis meses de gestación y la presencia de María hace que el niño no nacido «salte en su seno». Con esto ella comprende que el hijo de la otra mujer es el futuro Mesías: Isabel elogia a María y este «cántico» de alabanza es lo que hoy llamamos el Magnificat.1
 

Sigamos leyendo los Evangelios y veremos que poco después de bautizar a Jesús, Juan fue apresado por orden de Herodes Antipas y encarcelado. El motivo que se aduce es que Juan había condenado el reciente matrimonio de Herodes con Herodías, ex esposa de su hermanastro Felipe; matrimonio que era contrario a la ley judía por haberse ella divorciado antes de Felipe. Después de pasar en el calabozo una temporada que no se especifica, Juan fue ejecutado.

 

Según la historia que todos conocen, Salomé, hija del matrimonio anterior de Herodías, bailó para su padrastro en la fiesta del cumpleaños de éste, y él quedó tan encantado que prometió darle lo que ella le pidiera, hasta «la mitad de su reino». Pero inducida por Herodías, ella pidió la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja. No queriendo renegar de su palabra, Herodes accedió, aunque de mala gana porque empezaba a admirar al Bautista. Decapitado Juan, se consintió que sus discípulos se llevaran su cadáver para darle sepultura, aunque no consta si les entregaron también la cabeza2


Está todo lo que hace falta para un buen relato: el rey tiránico, la perversa madrastra, la danza de la doncella núbil y la muerte horrible de un gran hombre, y santo por añadidura. Material agradecido para generaciones de artistas, poetas, músicos y dramaturgos. Tiene una fascinación que no decae, lo cual no deja de ser curioso por tratarse de un pasaje evangélico que apenas ocupa unos cuantos versículos. Escandalizaron a los públicos, en particular, dos versiones de comienzos del siglo XX: Richard Strauss, en su opera Salome, retrata a una joven desvergonzada que intenta seducir a Juan en su mazmorra y al no conseguirlo, exige su cabeza en venganza para besar luego triunfalmente los fríos labios.

 

La comedia del mismo título de Oscar Wilde conoció una sola representación debido al tumulto que originó la publicidad anterior al estreno, basada fundamentalmente en el hecho de que el mismo autor quiso representar el papel titular. Nos queda, sin embargo, el famoso cartel dibujado por Aubrey Beardsley para la obra, el cual da la versión gráfica del enfoque planteado por Wilde y se centra, una vez más, en la supuesta pasión necrofílica de Salomé.


Este cóctel intoxicante de erotismo imaginario tiene poco que ver con el lacónico relato del Nuevo Testamento, cuya única intención consiste en establecer más allá de toda duda que Juan fue el precursor de Jesús e inferior a éste en el plano espiritual; además debía desempeñar un rol profetizado como reencarnación de Elías, anunciadora del advenimiento del Mesías.


Sin embargo, hay otra fuente de información sobre Juan, y es fácilmente accesible: las Antigüedades judías de Josefo. A diferencia de la supuesta alusión a Jesús de este autor, la autenticidad de lo que dice sobre Juan no se discute, porque surge con naturalidad en la narración, es una crónica imparcial que no elogia a Juan, y además difiere del relato de los evangelistas en varios puntos sustanciales.3


Cuenta Josefo que Juan predicaba y bautizaba, con lo que alcanzó enorme popularidad entre las masas. Esto alarmó a Herodes Antipas, quien mandó prenderlo y ejecutarlo a título de «medida profiláctica». Josefo no da detalles del encarcelamiento, ni de las circunstancias de la ejecución, ni menciona para nada las supuestas críticas contra el casamiento de Herodes. Sí en cambio menciona el gran seguimiento popular de Juan y agrega que, habiendo sufrido Herodes poco después una gran derrota militar, el pueblo la interpretó como justo castigo por la injusticia perpetrada con el Bautista.


Así pues, ¿qué nos permiten deducir acerca de Juan los evangelistas y Josefo? Lo primero, que el relato del bautismo de Jesús debe de ser auténtico; el hecho de incluirlo da a entender que era demasiado sabido para omitirlo, y ya hemos comentado antes que los autores de los Evangelios procuraron marginar a Juan siempre que pudieron.


La actividad de ése se centró en Perea, al este del Jordán, territorio que pertenecía efectivamente a la jurisdicción de Herodes Antipas junto con Galilea. La descripción de Mateo es contradictoria;4 el Evangelio de Juan es más concreto y cita dos poblaciones donde Juan bautizó, «Betania, al otro lado del Jordán» (1, 18), pueblo próximo a la principal ruta comercial, y Ainón, al norte del valle del Jordán (3, 23). Hay bastante distancia entre ambos lugares, así que Juan debió de realizar considerables viajes durante su misión.


La impresión de que era un anacoreta y asceta quizá sea debida a las traducciones, y no del todo exacta. La palabra griega eremos se puede traducir por «yermo, desierto» o «soledad», lo segundo en el más amplio sentido. Es la misma que se emplea, significativamente, para calificar el lugar donde Jesús dio de comer a los cinco mil.5 Carl Kraeling, en su estudio sobre Juan que por ahora constituye autoridad, aduce también que la dieta de «langostas y miel» atribuida a Juan no indica un estilo de vida especialmente ascético.6


También es probable que Juan no limitase su predicación a los judíos. En la crónica de Josefo dice que si bien al principio exhortaba «a los judíos» para que llevasen una vida de virtud y devoción, «luego congregó a otros [a su alrededor, se entiende] que también se conmovían grandemente al escuchar sus enseñanzas».7
 

Algunos estudiosos creen que la frase sólo se entiende en el supuesto que esos «otros» eran los no judíos, y como dice el especialista británico en estudios bíblicos Robert L. Webb:

    [...] en el contenido, nada sugiere que pudieran no ser gentiles. Y los lugares en los que se desarrolló el ministerio de Juan permiten suponer que tuviese contacto con los gentiles que recorrían la ruta comercial viniendo de Oriente, o los que vivían en la región de TranJordania.8

Otra concepción errónea muy común es la que concierne a la edad de Juan como más o menos similar a la de Jesús. Pero todos los Evangelios dan a entender que Juan llevaba ya varios años predicando cuando bautizó a Jesús, y que era el mayor de los dos, quizá por un margen mayor de lo que se cree.9 (El relato del nacimiento de Juan en el Evangelio de Lucas es, como demostraremos luego, muy inverosímil, y no parece probable que corresponda a ninguna circunstancia real.)
 

Como el de Jesús, el mensaje de Juan disparaba por elevación contra el culto del Templo de Jerusalén, y no era sólo que denunciase la corrupción de sus funcionarios, sino todo lo que éstos representaban. Su invitación al bautismo debió de enfurecer a las autoridades del Templo porque además de presentarlo como espiritualmente superior a los ritos de ellos, lo daba de balde.


Quedan luego las anomalías en los relatos de su muerte, sobre todo si se compara con la crónica de Josefo. Los motivos que éste y aquéllos atribuyen a Herodes, temor a la influencia política de Juan (para Josefo), o cólera porque éste condenaba su matrimonio (para los evangelistas), no son mutuamente excluyentes. En efecto, las disposiciones matrimoniales de Herodes Antipas tuvieron consecuencias políticas, pero no a causa de la persona con quien se unió.

 

El problema estuvo en el hecho de que se divorció para poder hacerlo, y su primera mujer había sido una princesa del reino árabe de los nabateos. La ofensa inferida a esa familia real precipitó una guerra entre los dos reinos, y recordemos que Nabatea lindaba con los territorios de Herodes Antipas por la parte de Perea, que era donde predicaba Juan. Por consiguiente, si Juan habló en contra del matrimonio real, a los efectos prácticos se ponía de parte de Aretas, el rey enemigo.


Con la amenaza implícita de que, si la multitud le daba la razón, todas aquellas gentes se pasarían al bando de Aretas y en contra de Antipas.10


Podrá parecer un argumento demasiado rebuscado e historicista, pero no deja de extrañar que los Evangelios intenten «quitar hierro» a los verdaderos motivos que tuviese Herodes para querer eliminar a Juan. Si nos damos cuenta de que son, esencialmente, obras de propaganda, y cuando confunden algún acontecimiento la confusión suele ser intencionada, tendremos que preguntarnos a qué móviles obedecían los evangelistas en este caso.


Es comprensible que los evangelistas desearan censurar cualquier sugerencia de que Juan hubiese tenido un gran seguimiento popular, ya que eso cuadra con la línea general que mantienen al respecto. Pero si querían inventar algo, cabría
esperar que hubiesen ideado un pretexto que destacase la misión de Jesús en alguna manera. Por ejemplo, decir que Juan fue apresado por proclamar que Jesús era el Mesías.


Además los narradores de los Evangelios cometen un error. Dicen que Juan criticó a Herodes Antipas porque se había casado con la ex mujer de su hermanastro Felipe. Si bien las circunstancias de ese matrimonio son históricamente exactas, el hermanastro en cuestión era otro Herodes, pero no Felipe, y este otro Herodes era el padre de Salomé.11


Aunque los autores de los Evangelios hayan marginado a Juan tanto como a la Magdalena, todavía encontramos huellas de su influencia sobre los contemporáneos de Jesús. En un episodio cuyo significado parece habérsele escapado a muchos cristianos, los discípulos de Jesús le suplican: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».12

 

Esta petición sólo puede entenderse de dos maneras: «enséñanos oraciones como Juan enseñó a sus discípulos», o «enséñanos las mismas oraciones que Juan enseñó...». Y leemos luego que Jesús les enseñó lo que luego se ha llamado el Padrenuestro («Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre...»).


En el siglo XIX el gran egiptólogo sir E. A. Wallis Budge había descubierto ya los orígenes de la imprecación inicial en una antigua plegaria a Osiris-Amón:

    «Amón, Amón que estás en los cielos [...]»,13 obviamente anterior a Jesús y a Juan en varios siglos.

Y el Señor a quien invoca la plegaria claramente no es Yahvé ni el supuesto hijo, Jesús. En cualquier caso el «Padrenuestro» no lo compuso él.

 

Según otra noción muy corriente, Juan quedó casi abrumado de respeto tan pronto como vio a Jesús y antes de bautizarle. Nos quedamos con la impresión de que toda su misión, o tal vez toda su vida, no aguardaba sino ese único instante. Pero hay muchos indicios, en realidad, de que Juan y Jesús, aunque estrechamente unidos al comienzo de la carrera de éste, llegaron a ser enconados rivales.

 

Lo cual no ha escapado a la atención de los más prestigiosos comentaristas bíblicos actuales, como cuando escribe Geza Vermes:

    El propósito de los evangelistas fue, indudablemente, el de comunicar una impresión de amistad y mutua estima, pero sus intentos dejan una sensación de superficialidad; un examen detallado de los indicios, fragmentarios por supuesto, sugiere que no faltaron los sentimientos de rivalidad, por lo menos entre los discípulos del uno y el otro.14

Vermes dice también que el empecinamiento de Mateo y Lucas en destacar la precedencia de Jesús sobre Juan es «tedioso». En efecto, cualquier lector objetivo empieza a desconfiar cuando observa la reiterada y más bien servil insistencia con que Juan subraya la superioridad del «que viene detrás de mí». Tenemos aquí un Juan el Bautista que literalmente se prosterna delante de Jesús.


Ahora bien, como señala Hugh Schonfield:

    Las fuentes cristianas nos permiten darnos cuenta de que existió una secta judía considerable, que rivalizaba con los seguidores de Jesús y mantenía que Juan el Bautista era el auténtico Mesías [...].15

Schonfield también observa la «amarga rivalidad» entre los dos grupos de seguidores, pero agrega que la influencia de Juan sobre Jesús era demasiado conocida:

    «Por consiguiente, y como no podían hablar mal del Bautista, no tuvieron otra salida sino tratar de relegarlo a un lugar secundarlo».16

(Si no se entiende esa rivalidad, resulta imposible una explicación completa de los verdaderos roles de Juan y Jesús. Aparte las implicaciones para la propia teología cristiana, que son de mucho alcance, el no haber tenido en cuenta esa dialéctica es lo que hace insatisfactorias muchas teorías radicales modernas. Por ejemplo, y como ya hemos mencionado, Ahmed Osman zanja la cuestión afirmando que Jesús fue inventado por los seguidores de Juan el Bautista para que se cumpliese su profecía de que después de él venía otro. Por el contrario, Knight y Lomas en The Hiram Key, llegan al extremo de afirmar que Jesús y Juan compartieron funciones de Mesías como buenos compañeros,17 lo cual viene a decir que ambos predicadores fueron íntimos: nada más lejos de la verdad.)


La conclusión más lógica es que Jesús empezó siendo un discípulo de Juan, y luego se apartó de él para fundar su propio grupo. (De manera que es muy probable que fuese bautizado por Juan, según se nos ha contado, pero en calidad de acólito y no como Hijo de Dios.) En efecto, los Evangelios corroboran que Jesús reclutó a sus primeros discípulos de entre la muchedumbre de los seguidores de Juan.


De hecho el gran erudito bíblico inglés C.H. Dodds ha traducido la frase del Evangelio de Juan, «el que viene después de mí» (ho opiso mou erchomenos) por «el que me sigue», lo cual, dado que la ambigüedad se mantiene en nuestro idioma, también puede significar «discípulo». Ésa fue también la interpretación del mismo Dodds.18


La crítica bíblica más reciente apunta la idea de que Juan nunca hizo la famosa proclamación acerca de la superioridad de Jesús, ni siquiera insinuó nunca que éste fuese el Mesías. En apoyo de ello se citan varios hechos.


Los Evangelios citan (con bastante ingenuidad) que Juan, estando en la cárcel, puso en tela de juicio la naturaleza mesiánica de Jesús. Quieren dar a entender que dudó de si habría acertado cuando lo respaldó, pero también podría ser otro caso en que los evangelistas se vieron obligados a adaptar un episodio auténtico para ponerlo al servicio de sus propios fines. ¿Tal vez fue que Juan negó inequívocamente que Jesús fuese el Mesías... tal vez incluso le denunció?


Desde el punto de vista de lo que creen los cristianos, las deducciones que resultan de todo el episodio son, o deberían serles, profundamente inquietantes. Por un lado, admiten que Juan recibió la inspiración divina cuando reconoció a Jesús como el Mesías; por otro, el hecho de mandar a preguntarlo desde la cárcel revela que debió de tener sus dudas, como mínimo. Es obvio que durante la reclusión tuvo tiempo para pensarlo... o quizá fue que le abandonó la inspiración divina.


Como veremos luego, más tarde otros seguidores de Juan, los que Pablo encontró durante sus viajes misioneros a Éfeso y Corinto, no sabían nada de la supuesta proclamación, por parte de Juan, de un personaje más grande que sobrevendría después que él.


La prueba más concluyente de que el Bautista jamás proclamó que Jesús fuese el Mesías anunciado es que los propios discípulos de Jesús no reconocieron a éste como tal, por lo menos al principio. Él era su Maestro y ellos le seguían, pero nada indica que lo hiciesen inicialmente porque creyeran que era el Mesías tan esperado por los judíos. Según las muestras que van dando los discípulos, la identidad de Jesús como Mesías fue una convicción que se impuso poco a poco, en función de los acontecimientos de la vida pública de aquél. Pero esa vida pública comenzó con el bautismo de Jesús por Juan; por tanto, si este anunció en tal ocasión que Jesús era el Mesías, ¿no lo habrían sabido todos desde el primer momento? (En los Evangelios se observa que el pueblo le seguía, aunque no porque creyeran que era el Mesías, sino por algún otro motivo.)


Queda todavía otra consideración que da mucho que pensar. Cuando el movimiento de Jesús empezó a hacerse notar, Herodes Antipas se asustó y, a lo que parece, creyó que Jesús era Juan resucitado o reencarnado (Marcos 6, 14-16):

    La fama de Jesús llego a oídos del rey Herodes. Unos decían: «Ése es Juan Bautista, que ha resucitado y tiene el poder de hacer milagros» [...].

    Pero Herodes, al oír hablar de esto, decía: «Es Juan, a quien yo mandé cortar la cabeza, que ha resucitado».

Estas palabras siempre se han leído con extrañeza. ¿Qué quiso decir Herodes? ¿Que Jesús era Juan, de alguna manera reencarnado? Pero eso no podía ser, porque durante algún tiempo estuvieron vivos ambos, Juan y Jesús. Antes de examinar con más detenimiento ese relato, anotemos algunas consecuencias importantes de las palabras de Herodes.


La primera, que evidentemente éste no sabía que Juan hubiese profetizado que «después de él» sobrevendría otro más grande: de lo contrario habría sacado la conclusión obvia de que Jesús era esa persona anunciada. Si la venida del Mesías hubiese sido una parte destacada de las enseñanzas de Juan, como aseguran los Evangelios, ¿cómo no lo supo Herodes?
 

La segunda, cuando Mateo (14, 1) pone en boca de Herodes:

    «Ése es Juan Bautista que ha resucitado de entre los muertos y por eso tiene poder de obrar milagros».

Que Juan hubiese tenido tal poder, lo niegan los Evangelios en redondo; de hecho el Evangelio de Juan (10, 4 1) expresa la negativa con tanto énfasis como para hacer sospechar un renuncio. ¿Acaso Juan el Bautista había convertido el agua en vino, había dado de comer a millares con un puñado de alimentos, había curado enfermos... tal vez resucitado muertos? A lo mejor sí. Pero una cosa es cierta: no será en el Nuevo Testamento, la propaganda del movimiento de Jesús, donde podamos leer semejantes hechos.


Hay una posible interpretación de las palabras de otro modo inexplicables de Herodes en el sentido de que Juan había renacido, como si dijéramos, a través de Jesús. Aunque parezca increíble, tanto en el sentido literal como en el metafórico, recordemos que se trata de una cultura y una época tan diferentes de las muestras en muchos aspectos como si hubieran estado en otro planeta. Como señaló en 1940 Carl Kraeling, las palabras de Herodes sólo cobran sentido si entendemos que reproducían ideas ocultas pero muy difundidas en el mundo grecorromano de los tiempos de Jesús.19

 

La sugerencia fue recogida y desarrollada por Morton Smith en Jesus the Magician (1978).20 Como hemos mencionado, la conclusión de Smith en cuanto al enigma de la popularidad de Jesús apunta a sus exhibiciones de magia egipcia.


Por aquel entonces se creía que tales demostraciones requerían que el hechicero tuviese poder sobre un demonio, o espíritu. De hecho hay una alusión en tal sentido cuando Jesús comenta la acusación dirigida contra Juan por algunas gentes: que «tenía un demonio». Esto no significa, como pudiera parecer a primera vista, que estuviese poseído por un espíritu malo, sino todo lo contrario, que Juan tenía poder sobre uno de los tales.


En este contexto, Kraeling propone que interpretemos las palabras de Herodes Antipas como una referencia a ese concepto, porque no sólo se podía «sujetar» a un demonio de esa manera, sino también el alma de una persona, especialmente la de alguien que hubiese fallecido de muerte violenta. Un alma o espíritu así esclavizado, se creía, no tendría más remedio que hacer cuanto le ordenase su amo. (La misma acusación se dirigió luego contra Simón el Mago, de quien se dijo que tenía «esclavizada» el alma de un muchacho asesinado.)


Escribe Kraeling:

    Los detractores de Juan aprovecharon la oportunidad de su muerte para desarrollar la sugerencia de que su espíritu desencarnado estaba al servicio de Jesús como instrumento para realizar trabajos de magia negra, lo cual implicaba de por sí una no pequeña concesión en cuanto a los poderes de Juan.21

Teniendo presente esa explicación, Morton Smith apostilla así las palabras de Herodes:

    Juan Bautista ha resucitado de entre los muertos [por la necromancia de Jesús, que ahora es su dueño] y por eso [ Jesús-Juan] tiene [control sobre el] poder de [las potencias inferiores y éstas consiguen] obrar milagros [bajo sus órdenes].22

En apoyo de esa idea Smith cita el texto mágico de un papiro que se conserva en París. Se trata de una invocación al dios Helios, y tal vez esto también es significativo.

    Concédeme autoridad sobre este espíritu de un hombre asesinado, de cuyo cuerpo yo poseo una parte [...].23

En este contexto son especialmente interesantes los dones que el mago solicita recibir por medio de la operación: la aptitud para sanar y para anunciar si una persona enferma vivirá o morirá, y la promesa de que «serás adorado como un dios [...]».24
 

Otro episodio viene a subrayar el hecho de que la popularidad de Juan era, si acaso, mayor que la de Jesús. Sucede hacia el final del ministerio de éste, cuando predica a la multitud en el Templo de Jerusalén.25 «Los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo» buscan polemizar con él en público y le plantean preguntas capciosas con intención de atraparlo, cuestiones que Jesús elude con habilidad de consumado político. Cuando le invitan a manifestar de quién ha recibido autoridad para hacer lo que hace, Jesús replica con otra pregunta: el bautismo de Juan, ¿era del cielo o era de los hombres?


Los adversarios se toman su tiempo para pensarlo:

    Ellos se hicieron este razonamiento:

    «Si decimos que del cielo, nos dirá: Entonces, ¿por qué no creísteis en él? y ¿cómo vamos a decir que de los hombres...? Temían al pueblo, porque todos tenían a Juan como verdadero profeta.

    

    Ante este dilema, declinan contestar.

Lo significativo de este diálogo es que Jesús utiliza contra los sacerdotes el miedo de éstos a la popularidad de que disfrutaba entre la multitud Juan, no él mismo. Como hemos visto, también Josefo subrayó la gran influencia y el seguimiento que tenía Juan entre el pueblo; es obvio que el Bautista no fue un predicador itinerante cualquiera, sino un dirigente de gran carisma y poder que, por las razones que fuese, tenía numerosos seguidores. O lo que dice Josefo, que tanto judíos como gentiles «se conmovían grandemente al escuchar sus enseñanzas».

 

Hay un curioso episodio en el evangelio apócrifo llamado Libro de Santiago o Protoevangelio, según el cual Juan era importante por derecho propio.26 Aun admitiendo que este evangelio se recopiló en época relativamente tardía y trae muchos sucesos de la infancia de Jesús que nadie toma en serio, es evidente que incluye materiales de distintas fuentes y por tanto, sugiere algunas deducciones acerca de tradiciones conocidas. Quien lo escribió seguramente no conocía los Evangelios canónicos, pues en tal caso habría sido una invención descabellada.


En este relato de las infancias de Jesús y de Juan, y después de la conocida narración del nacimiento de Jesús y la visita de los Sabios de Oriente, Herodes dispone la matanza de los inocentes. Hasta aquí todo parece idéntico a la versión del Nuevo Testamento, pero luego emprende una dirección totalmente distinta.


Cuando María se entera de la matanza su reacción consiste, sencillamente, en ponerle pañales al niño y esconderlo en un pesebre para bueyes. Para que no lo encuentren los soldados, es de suponer, pero resulta que es Juan el que buscan. Leemos que Herodes envía a sus alguaciles para que interroguen a Zacarías, el padre de Juan, pero éste ignora donde están su mujer y su hijo.


Herodes montó en cólera y exclamó: Ese hijo será el rey de Israel.


En esta versión es Isabel la que se refugia en los montes con Juan. Se insinúa aquí un evidente paralelismo, o tal vez incluso una «Sagrada Familia» rival.
 
Como hemos dicho, Juan tenía un multitudinario seguimiento popular, mientras que el movimiento de Jesús consistía en un círculo de discípulos que lo acompañaban a todas partes, y gentes del pueblo que se acercaban a escuchar sus palabras. Y también como en el caso de Jesús, después de la muerte de Juan sus discípulos se pusieron a escribir la crónica de su vida para enseñar lo que eran a todos los efectos, unas Escrituras de Juan.


Los eruditos admiten que ese cuerpo de «libros de Juan» existió... antaño, pero nosotros no lo tenemos. Es posible que fuese destruido, o guardado en secreto por los «herejes». En cualquier caso, debía de contener algún material que no concordase con lo que dice de Juan y Jesús el Nuevo Testamento, ya que de lo contrario se habría conservado en alguna forma y sería conocido.


Lo que dice Lucas sobre la concepción «simultánea» de Jesús y de Juan, es muy interesante. Los estudiosos analizaron el relato y han establecido más allá de toda duda que es, en realidad, una refundición de dos narraciones distintas, la que cuenta la concepción de Juan y la de Jesús, unidas (como postula Kraeling) «por una argamasa de materiales básicamente desvinculados de ambas».27

 

Dicho de otro modo, Lucas (o la fuente que éste manejase) tomó dos historias distintas y trató de unirlas mediante el artificio literario de la conversación entre las dos futuras madres, Isabel y María. La conclusión lógica es que el relato de la infancia de Juan era, en principio, ajeno al Evangelio, y probablemente anterior a la historia de la Natividad de Jesús. De donde resultan varias consecuencias importantes.

 

Una de ellas, que circulaban ya relatos tocantes a la biografía de Juan. Otra, que Lucas concibió expresamente su versión de la Natividad con intención de «mejorar» la que circulaba acerca de Juan; al fin y al cabo, el «milagro» de la concepción de éste sólo consistió en que sus progenitores eran de edad avanzada: en cambio Jesús según Lucas es hijo de una virgen. Y el único motivo que podía tener Lucas para montar semejante progresión dramática es que el seguimiento de Juan aún existía y rivalizaba con el de Jesús.


Esto lo corrobora otro hecho demostrado por los eruditos... pero que sigue siendo desconocido para la mayoría de los cristianos, que la popularísima alabanza de María, el Magnificat, en realidad es la de Isabel y se refiere a su hijo.


Las palabras del «cántico» establecen la relación con Ana, el personaje del Antiguo Testamento que tampoco tuvo hijos hasta edad avanzada, de modo que se ajusta más a la Situación de Isabel. Y de hecho algunos manuscritos antiguos del Nuevo Testamento dicen que el cántico es de Isabel; hacia 170 Ireneo, un Padre de la Iglesia, dice que fue ella quien las pronunció, y no María.28


Continuando con los paralelismos, en la ceremonia de la circuncisión de Juan, su padre Zacarías pronuncia una «profecía», o himno en elogio de su hijo recién nacido. Es lo que llamamos el Benedictus.29 Es evidente que éste debía de formar parte del relato originario de la natividad de «Juan el Bautista». El Magnificat y el Benedictus pueden ser dos himnos diferentes en loor de Juan, incorporados a un «Evangelio de Juan» que luego debió de ser adulterado por Lucas para hacerlo más agradable a los seguidores de Jesús. Lo cual indicaría que las gentes no sólo escribieron narraciones de la vida de Juan sino que además le elogiaban en verso y música.

 

Pero ¿es de creer que estas tradiciones acerca de Juan suministrasen a los autores de los Evangelios, que sobrevinieron después, materiales en los que basaron los relatos de la vida de Jesús? Como dice Schonfield en Essene Odyssey:

    A los cristianos, la relación con los seguidores de Juan el Bautista [...] les dio conocer los relatos de la Natividad de Juan en los que éste figura como el Mesías niño de las tradiciones sacerdotales, nacido en Belén.30

Por otra parte, los textos antiguos de la Iglesia conocidos como las Recognitiones clementinas afirman taxativamente que algunos de los discípulos de Juan creyeron que éste era el Mesías.31 En el mismo sentido de que los seguidores de Juan creyeron que era el Mesías apuntan, según Geza Vermes, algunos episodios de los Evangelios y de los Hechos.32


El convencimiento de que existió lo que podríamos llamar «los libros de Juan» aporta una respuesta a los muchos problemas que plantea el cuarto Evangelio, el atribuido al discípulo Juan. Ya hemos mencionado que contiene varias contradicciones internas este Evangelio. Aunque es el único que se dice basado en un testimonio presencial —pretensión sustentada por la minuciosidad de los detalles que ofrece el texto—, contiene muy notorios elementos gnósticos que chocan con los demás Evangelios y con el tono distante del libro mismo, observable sobre todo en el «prólogo», que es un tratado breve sobre Dios y el Logos.

 

El Evangelio de Juan es el más rabiosamente antiBautista de todos, pero también el único que contiene el reconocimiento expreso de que Jesús reclutó a sus primeros discípulos de entre los seguidores de Juan... sin exceptuar al supuesto autor y testigo ocular, el mismo «discípulo predilecto».33


No obstante, dichas contradicciones no invalidan necesariamente el Evangelio. Está muy claro que el autor recopiló tomando de varias fuentes, entretejidas e interpretadas con arreglo a lo que él mismo creía acerca de Jesús, y reescribiendo parte del material donde le pareció necesario. Quienquiera que fuese el autor, se diría que desde luego el Evangelio contiene el testimonio de primera mano del «discípulo predilecto». Pero muchos de los más prestigiosos especialistas en el Nuevo Testamento opinan que el autor utilizó también algunos de los textos escritos por seguidores del Bautista, a quien, según Edwin Yamauchi, gran autoridad en estudios sobre el Próximo Oriente, «el cuarto evangelista [...] desmitologizó y cristianizó».34


Este material del Bautista estaría formado, principalmente, por el prólogo y lo que se conoce como «revelaciones de Jesús a los discípulos». El gran especialista bíblico alemán Rudolf Bultmann dice que eran:

    [...] según se cree, documentos originarios de los seguidores de Juan el Bautista que exaltaban a Juan y le asignaban, en principio, la misión de Redentor enviado por el mundo de la Luz. De acuerdo con esto, buena parte del Evangelio de Juan no fue cristiano en origen, sino que resultó de la transformación de una tradición del Bautista.35

Observemos que estos elementos del Evangelio de Juan son los más gnósticos, de ahí que hayan originado las mayores dificultades para los historiadores, en lo que se refiere a este Evangelio. Por discrepar tanto estos elementos de la teología de los demás Evangelios así como del resto del Nuevo Testamento, con frecuencia se ha supuesto que ese libro era bastante más tardío. Pero el panorama cambia si admitimos que quizá no proviene de los seguidores de Jesús, sino de otras fuentes. Varios comentaristas han relacionado el cuarto Evangelio con una «fuente gnóstica precristiana» que hubiese sido adaptada por el autor de aquél. En esa fuente se quiere ver a Juan el Bautista y a sus seguidores, quienes según eso fueron también gnósticos.


(Estos descubrimientos podrían resolver la controversia sobre la datación del Evangelio de Juan. Como hemos mencionado, durante mucho tiempo prevaleció la opinión de que, a tenor de los materiales gnósticos y otros no judaicos, debió de escribirse después de los Sinópticos. Pero si Jesús no fue judío, y si una buena parte del material deriva de los seguidores de Juan el Bautista, supuesto que éstos fuesen gnósticos, sería bien posible que este Evangelio fuese contemporáneo de los demás o incluso anterior a ellos.)


No sólo Juan tuvo seguidores numerosos y devotos mientras vivió, sino que el movimiento siguió creciendo después. Nuevo y curioso paralelismo con la cristiandad, pues hay indicios de que había llegado a ser toda una Iglesia por derecho propio, y no confinada a Palestina.

 

En 1992 A. N. Wilson escribió en su libro Jesus:

    Si la religión de Juan el Bautista [y ahora sabemos que la hubo] hubiera llegado a ser el culto predominante de la región mediterránea, y no la religión de Jesús, probablemente conoceríamos mejor a ese sorprendente personaje. Ese culto sobrevivió por lo menos hasta el año 50 y tantos, como ingenuamente nos hace saber el autor de los Hechos [...]. En Éfeso se creyó que «El Camino» (como llamaban a la religión de esos primitivos creyentes) consistía en seguir «el bautismo de Juan» [...]. Si Pablo hubiera tenido un carácter menos enérgico [...] o no hubiese escrito tantas epístolas, bien habría podido suceder que fuese el «Bautismo de Juan» la religión que captó la imaginación del mundo antiguo, como lo hizo en realidad el Bautismo de Jesús y el culto habría seguido evolucionando, de tal manera que sus seguidores actuales, a quienes tendríamos que llamar juanistas, o baptistas, creerían [...] en la naturaleza divina de Juan [...]. Pero ese accidente de la Historia no sucedió.36

Así que incluso el Nuevo Testamento describe la existencia de la Iglesia de Juan fuera de las fronteras de Israel. Lo cual comenta Bamber Gascoigne:

    El grupo que se encontró Pablo en Éfeso proporciona un intrigante atisbo sobre esa posible religión en vías de desarrollo [...] pero Pablo tuvo buen cuidado de ahogarla en germen.37

Ese grupo era la Iglesia de Juan, naturalmente. Su propia existencia como entidad separada después de la muerte de Jesús da a entender que Juan nunca predicó que «detrás de él» vendría otro más grande, o si lo hizo, quizá no pensó que el sucesor iba a ser Jesús. Desde luego cuando los seguidores de Juan hablaron con Pablo no parece que tuvieran ni idea de semejante profecía.

 

Y no eran una secta insignificante. Ha sido descrita como «un culto internacional»,38 y se extendía desde el Asia Menor hasta Alejandría. Los Hechos de los Apóstoles consignan que la religión de Juan fue llevada a Éfeso por un alejandrino llamado Apolo. Que ésta sea la única mención de Alejandría en todo el Nuevo Testamento invita a desconfiar.


Así pues, Juan el Bautista tuvo un seguimiento numeroso y distinto, que le sobrevivió formando una verdadera Iglesia. Siempre se ha dado por supuesto, sin embargo —como lo hace A. N. Wilson en el comentario citado anteriormente— que ésta quedó muy pronto subsumida en la cristiana. Es verdad que algunas de sus comunidades, como las visitadas por Pablo, fueron absorbidas por el movimiento de Jesús; pero hay fuertes indicios de que la Iglesia de Juan sobrevivió.
 

Pero ese conjunto de indicios tiende a destacar el papel de un personaje que parecería muy fuera de lugar en este drama, a primera vista, y tanto que en toda la Historia del cristianismo ha sido vilipendiado como «padre de todas las herejías» y nigromante de la peor especie. E incluso prestó su nombre a un pecado: el de querer comprar el Espíritu Santo, la simonía. Nos referimos, naturalmente, a Simón el Mago.


A diferencia de María Magdalena y Juan el Bautista, los otros dos personajes principales que venimos comentando, nadie dirá que Simón el Mago fuese marginado de la crónica cristiana primitiva, ya que tiene en ella un lugar bien destacado. Sólo que denunciado inequívocamente como un pérfido, como el hombre que pretendió emular a Jesús, el que en un momento dado se infiltró en la incipiente Iglesia para espiar sus secretos... hasta que fue desenmascarado por los apóstoles, según era de esperar.


Llamado a veces «el primer Hereje», a Simón el Mago suelen tratarlo como un caso sin redención. Los motivos de ello los indica el hecho de que gnóstico era sinónimo de herético para los primeros Padres de la Iglesia, y Simón fue gnóstico (aunque no el fundador del gnosticismo como ellos creían).


La aparición de Simón en el Nuevo Testamento es breve (Hechos de los Apóstoles 8, 9-24). Significativamente, es un samaritano, quien según el libro de los Hechos asombraba a Samaria con sus magias; pero cuando predicó allí el apóstol Felipe quedó tan impresionado que se hizo bautizar. Lo cual resultó ser un ardid con la intención de ver cómo se confería el Espíritu Santo mediante la imposición de manos. Ofrece dinero a Pedro y a Juan para recibir ese poder, lo cual tropieza con una enérgica reprimenda. Temiendo por su alma, Simón se hace atrás, se arrepiente y les suplica que recen por él.


Pero los primeros Padres de la Iglesia conocían bien a ese personaje, y lo que cuentan de él no va de acuerdo con la sencilla moraleja de los Hechos.39 Era un oriundo de la aldea de Gitta y cobró fama por sus habilidades de mago (de ahí el sobrenombre). Durante el reinado de Claudio (41-54 d.C., es decir a unos diez años de la Crucifixión), estuvo en Roma, donde recibió honores de dios y le consagraron incluso una estatua. Entre los samaritanos ya estaba reconocida su naturaleza divina.


Simón el Mago viajaba con una mujer llamada Helena, ex prostituta de la ciudad fenicia de Tiro, a quien llamaba la Primera Noción (Ennoia) y la Madre del Todo. Lo cual responde a las ideas gnósticas:

    enseñaba que el primer pensamiento de dios había sido una entidad femenina —como la figura judía de la Sabiduría/Sophia que hemos comentado—, y luego fue ella la que creó los ángeles y otros semidioses que son los dioses de este mundo. Ellos crearon la Tierra siguiendo las instrucciones de ella, pero luego se rebelaron y la encarcelaron en la materia, en el mundo sensible. Así estaba atrapada en una sucesión de cuerpos femeninos (entre los cuales el de Helena de Troya), sufriendo humillaciones cada vez más insoportables, hasta recalar como prostituta en la ciudad portuaria de Tiro. Pero no todo estaba perdido porque Dios también se había encarnado en la figura de Simón. Él la buscó y la redimió.

El concepto de un sistema cosmológico que abarca una serie de planos y mundos superiores e inferiores nos resulta ya familiar: aunque los detalles concretos varían, es la creencia común de los gnósticos que todavía influyó a los cátaros de la Edad Media, y la que constituye el sustrato de la cosmología hermética en que se funda el ocultismo occidental, pasando además por la alquimia y la hermética del Renacimiento. También hay paralelismos exactos y sorprendentes con otros sistemas de pensamiento que hemos comentado; el más significativo es el parecido con el gnosticismo copto del Pistis Sophia, donde es Jesús quien acude a la redención de la Sophia atrapada, personaje expresamente vinculado a la Magdalena en dicho texto.40 (También Simón llamaba a Helena su «oveja extraviada».)


La personificación de la Sabiduría como una mujer, y más concretamente una prostituta, también es un tema familiar de esta investigación y la recorre como una especie de hilo oculto. En el caso de Simón, esa encarnación era literal en la persona de Helena.


Como ha escrito Hugh Schonfield:

    [...] los simonianos adoraban a Helena como Atenea (la diosa de la Sabiduría), quien a su vez estaba identificada con Isis en Egipto.41

Schonfield también relaciona a Helena con la misma Sophia y con Astarté.

 

También Karl Luckert retrotrae a Isis el concepto de Ennoia encarnado en Helena según Simón.42 Geoffrey Ashe coincide con ello y añade:

    «[Helena] se sitúa en el mismo recorrido de retorno a la gloria como Kyria o Reina celestial».43

Otra fuente apócrifa cuyo origen se sitúa hacia 185 describe a Helena diciendo que era «negra como una etíope», y que bailaba encadenada. Y agrega:

    «Todo el Poder de Simón y de su Dios está en esa Mujer que baila».44

Ireneo escribe que los sacerdotes iniciados por Simón «vivían en la inmoralidad»,45 pero luego nos decepciona no concretando la afirmación. Es bastante obvio, sin embargo, que debieron de practicar ritos sexuales, como revela Epifanio en su monumental tratado Contra la herejía:

    Y tomó parte en misterios de obscenidad y [...] derramamientos corporales, emissionum virorum, feminarum menstruorum, a fin de recogerlos en la más repugnante de las despensas para los misterios.46

(G. R. S. Mead, buen victoriano que hizo esa traducción dejándose palabras en latín para no ofender el recato, quiere decir que Simón practicaba la magia sexual con utilización de semen y de sangre menstrual.)

 

Salta a la vista el miedo que le tuvieron los Padres de la Iglesia a Simón el Mago y su influencia. Todo sugiere que fue un serio peligro para la primitiva Iglesia, lo cual extraña... hasta que nos damos cuenta de lo mucho que Simón el Mago tuvo en común con Jesús.


Los Padres procuran subrayar que, si bien Simón y Jesús hacían y decían casi lo mismo, sin exceptuar los milagros, las fuentes de los poderes del uno y el otro eran bien distintas. Lo de Simón era hechicería maligna, mientras que Jesús recibía el poder del Espíritu Santo. En la práctica Simón venía a ser una parodia satánica de Jesús. Así hallamos en Hipólito, por ejemplo, la rotunda declaración acerca de Simón: «No era Cristo».47


Más revelador aún lo que escribe Epifanio:

    Entre los tiempos de Jesús, y nuestros días, la primera herejía fue la de Simón el Mago, y aunque no sea de recibo darle nombre de cristiana, hizo mucho daño por la corrupción que sembró entre cristianos.48

Y más todavía, según Hipólito:

    [...] al comprar la libertad de Helena, ofrecía la salvación a los hombres por el conocimiento peculiar que tenía él mismo.49

Otro relato acredita a Simón la capacidad de obrar milagros, como convertir las piedras en panes. (Tal vez eso explica la tentación de Jesús cuando se le ofreció ese mismo poder, lo cual rechazó. Pero más adelante se nos cuenta que alimentó a cinco mil personas con cinco panes y dos peces, que viene a parecerse bastante.)


Jerónimo cita de una de las obras de Simón:

    Yo soy la Palabra de Dios, el glorioso, el Paracleto, el Todopoderoso. Yo soy la totalidad de Dios.50

Es decir, que Simón proclamaba su propia naturaleza divina y prometía la salvación a sus seguidores. En el libro apócrifo de Hechos de Pedro y Pablo se cuenta un concurso entre Simón Mago y Pedro consistente en resucitar un difunto. Pero Simón sólo consigue reanimar la cabeza, mientras que Pedro domina el truco a la perfección.51 Hay muchos de estos relatos apócrifos de rivalidad mágica entre Simón el Mago y Simón Pedro, aunque todos terminan con el obligado triunfo de los cristianos. Lo que demuestran esas narraciones, sin embargo, es que aquél tuvo tanta influencia que fue necesario idear esos cuentos para contrarrestar su ascendiente sobre las masas.


El Mago no fue un simple hechicero itinerante, sino un filósofo que escribió sus ideas. Obvio es decir que sus libros se han perdido, pero quedan citas bastante extensas de ellos en las obras de los Padres de la Iglesia que polemizaron contra él y lo condenaron. Esos fragmentos revelan con claridad, no obstante, el gnosticismo de Simón y su creencia en dos fuerzas opuestas, pero complementarias, masculina y femenina.

 

Véase por ejemplo esta cita de su Gran Revelación:

    Dos géneros hay de Eones universales [...] el uno se manifiesta desde arriba, que es el Gran Poder, el Numen Universal que ordena todas las cosas, masculino, y el otro por abajo, la Gran Noción, femenina, que produce todas las cosas. Así pues, al emparejarse la una con el otro se unen y manifiestan la Distancia Media [...] en eso está el Padre [...].
    Él es el que permaneció, permanece y permanecerá, el poder macho-hembra en el Poder sin límites [...].52

Nos parece estar oyendo un eco del hermafrodita alquímico, del andrógino simbólico que tanto fascinó a Leonardo. Pero ¿de dónde provenían las ideas de Simón el Mago?


Karl Luckert 53 retrotrae las «raíces ideológicas» de las enseñanzas de Simón a las religiones del antiguo Egipto, y en efecto parece que reflejan o tal vez incluso continúan esos cultos de una forma adaptada. Y si bien, como hemos visto, las escuelas de Isis/Osiris subrayaban la oposición y la igual naturaleza de las deidades femenina/masculina, a veces se entendió que ambas se fundían en una sola persona y cuerpo, los de Isis. En ocasiones la representaron con barba, o lo atribuyeron las palabras «aunque soy hembra, me he convertido en macho...».


Por lo que concierne a la Iglesia primitiva, el parecido entre las enseñanzas de Simón el Mago y las de Jesús era peligroso: de ahí la acusación de que Simón había intentado hurtar el conocimiento de los cristianos. Eso es una admisión tácita de que sus enseñanzas eran en realidad compatibles con las de Jesús, o incluso formaban parte del mismo movimiento. Las posibles deducciones son inquietantes.


¿Quizá Jesús y María Magdalena practicaron los mismos ritos sexuales que Simón y Helena? Según Epifanio, los gnósticos tenían un libro llamado de las Grandes Preguntas de María, que atesoraba por lo visto los secretos internos del movimiento de Jesús y adoptaba la forma de ceremonias «obscenas».54


Podríamos sentirnos tentados a rechazar esos rumores como parte de la mutua difamación propagandística; pero como hemos visto, hay indicios de que la Magdalena era una iniciadora sexual dentro de la tradición de las prostitutas del templo cuya función consistía en conferir a los hombres el don de la horasis, la iluminación espiritual a través del acto sexual.
 

John Romer en su libro Testament clarifica el paralelismo:

    La gran prostituta Helena, como la llamaban los cristianos, era la María Magdalena de Simón el Mago.55

Hay además otro vínculo, el de su posible común origen egipcio. Karl Luckert dice de Simón:

    En tanto que «padre de todas las herejías», actualmente debe ser estudiado no sólo como adversario sino también como conspicuo rival de Cristo en la primitiva Iglesia cristiana, o según los casos, como un eventual aliado [...].


    El hecho de la posible formación común egipcia determina tal vez la intensidad del peligro que representaba Simón el Mago. Y dicho peligro se resume en la posibilidad de que se confundiese a éste con el propio personaje de Cristo [...].56

Luckert ve otro paralelismo estrecho en lo que él postula fue la misión verdadera de los dos hombres. Admite la aparente dicotomía de la predicación de Jesús, si era un mensaje esencialmente egipcio ofrecido a unos oyentes judíos, pero también recuerda la estrecha relación entre la teología hebrea originaria y la de Egipto, por lo que dice de Simón el Mago:

    [él] [...] creyó que su misión consistía en rectificar lo que se había desviado, a saber, que toda la dimensión femenina Tefnut-Mahet-Nut-Isis se hubiese escindido de la divinidad masculina.57

Que es precisamente el motivo de la misión de Jesús en Judea, según nuestra hipótesis, y el que le atribuye el Levitikon. La conclusión que saca Luckert de todo esto es que Jesús venció a Simón el Mago acudiendo al recurso extremo de incluir en el panorama su propia muerte. Pero el cariz del asunto cambia por completo si entendemos que la Crucifixión tal vez no causó la muerte de Jesús.


Además de todas las comparaciones que se quiera establecer hay otro hecho inquietante, y para nosotros revelador: que Simón el Mago había sido discípulo de Juan el Bautista. Y no sólo eso, sino que en realidad Juan lo nombró sucesor suyo (aunque, por las razones que veremos en seguida, la sucesión directa no pudo ser).


Esto tiene implicaciones asombrosas. Porque se sabía desde siempre, y no sólo después del martirio de Juan, que Simón era hechicero y que practicaba la magia sexual. No fue el caso del discípulo que usurpa la sucesión una vez el gran guru puritano ha desaparecido de la escena. Juan sin duda conocía las enseñanzas de Simón, y no las desaprobó. Y suponiendo que Simón hubiese formado parte del círculo íntimo de Juan, tal vez aprendió la magia del Bautista... lo mismo que otros discípulos en similar posición. Como Jesús, sin ir más lejos.


He aquí un fragmento de las Recognitiones clementinas del siglo III:

    Fue en Alejandría donde Simón perfeccionó sus estudios de magia, en tanto que seguidor de Juan, un hemerobaptista [«el que bautiza de día»: poco sabemos de ese término] por medio del cual entró a tratar de doctrinas religiosas. Juan fue el precursor de Jesús [...].
    [...] De entre todos los discípulos de Juan el favorito era Simón, pero éste se hallaba ausente de Alejandría cuando murió el maestro, por lo que eligieron a un codiscípulo, Dositeo, para que los dirigiese.58

Este relato aduce también unas razones numerológicas muy retorcidas para justificar por qué Juan tenía treinta discípulos —es de suponer que contando sólo a los del círculo interior—, aunque en realidad eran veintinueve y medio porque al hallarse entre ellos una mujer ésta no contaba completamente como persona. Se llamaba Helena... lo cual es interesante porque, en el contexto, implica que debió de ser la Helena de Simón el Mago y que ésta era también discípula de Juan. Todo eso nos deja una sensación bastante incómoda: ¿si Juan, a quien siempre se ha presentado como una especie de monje anacoreta, un puritano, fue algo muy distinto en realidad?


Cuando Simón regresó de Alejandría, Dositeo le cedió la jefatura de la Iglesia de Juan, aunque no sin resistencia. Una vez más observamos la importancia que cobra en el relato la ciudad de Alejandría, probablemente porque fue donde aprendieron sus artes mágicas los protagonistas principales.


También Dositeo dio origen a una secta que llevó su nombre, y que logró sobrevivir hasta el siglo VI. Según el testimonio de Orígenes:

    [...] de entre los samaritanos surgió un tal Dositeo y dijo ser el Cristo anunciado: desde entonces hay dositeanos que dicen tener los escritos de Dositeo y además cuentan hechos suyos, como que no sufrió la muerte, sino que todavía vive.59

En cuanto a los seguidores de Simón, pueden rastrearse hasta el siglo III. Su inmediato sucesor fue un tal Menandro.
Los dositeanos «adoraban a Juan el Bautista» en tanto que «verdadero maestro [...] de los últimos Días».60 Tanto la secta de Simón como la de Dositeo fueron luego erradicadas por la Iglesia.


Lo que se saca en limpio es que Juan el Bautista no fue el eventual predicador que se manifiesta de manera tumultuosa, sino que encabezaba una organización, y ésta tuvo su base en Alejandría. Por eso los primeros misioneros del movimiento de Jesús tuvieron la sorpresa de tropezarse en Éfeso con una «Iglesia de Juan» que había sido llevada allí por Apolo de Alejandría.

 

Dicha metrópoli fue también la base de Simón el Mago, sucesor oficial de Juan y conocido rival de Jesús, que además era samaritano. Conviene saber que los cristianos veneraron una supuesta tumba del Bautista en Samaria, hasta que la destruyó en el siglo IV el emperador Juliano. Pero la noticia implica que al menos una tradición antigua relacionaba a Juan el Bautista con esa región. (Tal vez la parábola del Buen Samaritano fue en realidad un hábil intento conciliador de cara a los discípulos de Juan o de Simón el Mago.)


Nada sugiere, por otra parte, que Simón el Mago fuese judío, ni siquiera de Samaria. En sus más virulentos ataques contra él, los Padres de la Iglesia nunca mencionaron que fuese judío, lo cual es particularmente revelador dada la gran virulencia con que se acusó a los judíos, durante siglos, de ser el «pueblo deicida».


Como hemos mencionado, Juan predicaba a los no judíos y atacó el culto del Templo de Jerusalén, es decir el fundamento mismo de la religión judía. Con toda probabilidad tuvo fuertes vínculos con Alejandría... y aún es más significativo que admitiese por sucesor a un gentil. Todo ello implica que el mismo Juan no era judío, y que estaba familiarizado con la cultura egipcia.


Extraña sobremanera que los Padres de la Iglesia primitiva, como Ireneo, retrotraigan los orígenes de las sectas «heréticas» a Juan el Bautista, ¡nada menos! Al fin y al cabo, los evangelistas habían dicho que él inventó el bautismo y que prácticamente sólo vivió para preparar el camino a Jesús. Pero ¿sabían ellos la verdad acerca de Juan? ¿Llegaron a darse cuenta de que no era un precursor sino un enconado rival, que estaba siendo saludado como Mesías por derecho propio? ¿Supieron reconocer el asombroso hecho de que en realidad Juan no fue cristiano en absoluto?


Es verdad que los evangelistas se tomaron su venganza con Juan. Lo reescribieron, y en ese proceso lo «domesticaron» y lo realinearon. De tal manera, quien había sido en tiempos rival y tal vez incluso enemigo de Jesús quedaba representado de rodillas ante éste, reducido a la misión de ínfimo servidor de la divinidad. Eliminaron los auténticos motivos, las palabras y los hechos de Juan, y los reemplazaron por una imagen creada a comodidad de Jesús y su movimiento.


Como pieza de propaganda, ha tenido un éxito descomunal, aunque tal vez debido en parte a que la Iglesia antigua pronto aprendió a reaccionar con el cepo y la hoguera frente a cualquier desafío «herético». La verdad cristiana que hoy recibimos confiados es la herencia de un reinado de terror, tanto como de la misma propaganda evangélica.


A resguardo de la perniciosa influencia de la Iglesia institucionalizada, algunos seguidores de Juan guardaron fielmente su recuerdo como el «auténtico Mesías». Y siguen existiendo aún.

 


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